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Microrrelato · Del catálogo de Margen

La grúa

La obra de enfrente lleva parada desde marzo. De día, la grúa es una raya oxidada contra el cielo; de noche, cuando se apagan las cocinas, gira despacio hasta detenerse frente a la ventana de Andrés. Nadie sube a la cabina. Él ya ni se asoma a comprobarlo.

Lo descubrió en abril, una madrugada de insomnio: el gancho bajando limpio, sin ruido, hasta la altura del alféizar. Se quedó allí un minuto, balanceándose apenas, como una mano abierta. Andrés colgó lo primero que encontró: la fiambrera de la cena, con dos croquetas. Al amanecer, la fiambrera esperaba en el alféizar, vacía y fregada.

Desde entonces cuelga cosas pequeñas. Pan con aceite. Un transistor de pilas. En enero, sin saber por qué, una bufanda.

Esta mañana han venido a desmontar la grúa. Andrés ha bajado a la calle con la cabeza gacha, sintiéndose un poco ridículo. El operario que desatornillaba la cabina le ha alargado un paquete sin mirarlo. «Esto estaba dentro», ha dicho. «Y la cabina llevaba cerrada desde marzo.» Era la bufanda, doblada con esmero. Olía a café recién hecho.