
El escritor y músico Derek Sivers la formuló casi como un exabrupto: «hell yeah or no». Ante una invitación, un proyecto, un plan: si tu reacción inmediata no es un entusiasmo claro —un «sí, claro que sí»—, di que no.
Parece radical, y lo es a propósito. La agenda no se llena de cosas horribles, que se rechazan solas: se llena de cosas «bastante interesantes», compromisos tibios aceptados por educación, por si acaso o por no decepcionar. Cada uno parece pequeño; sumados, son la razón de que nunca haya tiempo para lo que de verdad importa.
La regla funciona porque convierte una negociación difusa («¿me compensará?») en una observación instantánea: ¿qué has sentido en el primer segundo? Ese dato ya lo tenías; solo te faltaba permiso para usarlo.
Dos matices honestos. Uno: se aplica a lo opcional, no a las obligaciones (nadie siente un «sí, claro» por renovar el DNI). Y dos: es una regla para agendas llenas. Si estás empezando y te sobra tiempo, haz lo contrario: di que sí a casi todo, hasta que decir que no vuelva a ser necesario.