
Durante más de un siglo, el Miserere de Allegri solo podía escucharse en la Capilla Sixtina durante la Semana Santa. El Vaticano lo consideraba tan sagrado que prohibía copiar la partitura; se decía que hacerlo se castigaba con la excomunión.
En abril de 1770, un Mozart de catorce años asistió a una de esas interpretaciones con su padre. Al volver al alojamiento, escribió de memoria la obra entera: unos doce minutos de música para nueve voces y dos coros. El viernes volvió a escucharla, con la partitura escondida en el sombrero, para corregir pequeños detalles.
Lo sabemos porque su padre, Leopold, lo contó por carta a su mujer, entre orgulloso y nervioso por si aquello traía problemas. No los trajo: meses después, el papa Clemente XIV condecoró al chico. Y el secreto mejor guardado de Roma dejó de serlo por culpa de una memoria prodigiosa.