Curiosidad · Del catálogo de Margen
Los botes intactos del Mary Celeste los puso Conan Doyle

En enero de 1884, la revista londinense Cornhill Magazine publicó sin firma un relato titulado «La declaración de J. Habakuk Jephson». Lo había escrito un médico de veinticuatro años que pasaba consulta en Southsea, a las afueras de Portsmouth, y que tardaría todavía tres años en inventar a Sherlock Holmes: Arthur Conan Doyle. En el relato, el barco aparece navegando solo por el Atlántico y entero: los botes colgados de sus pescantes, la bodega sin una gota de agua y una bobina de seda de pie encima de una mesa. Y se llamaba «Marie Celeste».
El de verdad se llamaba Mary Celeste, con y griega, le faltaba el bote y llevaba metro y poco de agua en la bodega.
Lo que hay, en cambio, es un expediente. El bergantín de 282 toneladas salió del puerto de Nueva York el 7 de noviembre de 1872 con destino a Génova y con 1.701 barriles de alcohol desnaturalizado en la bodega: alcohol industrial, del que entonces se usaba para encabezar vinos italianos.
A bordo iban diez personas. El capitán, Benjamin Spooner Briggs, 37 años, hijo y hermano de capitanes, abstemio y de misa. Su mujer, Sarah Elizabeth. Su hija Sophia Matilda, de dos años. Y siete hombres de tripulación: el primer oficial Albert Richardson, el segundo Andrew Gilling, el cocinero Edward Head y cuatro marineros alemanes, entre ellos los hermanos Volkert y Boz Lorenzen. El hijo mayor de los Briggs, Arthur, de siete años, se quedó en Marion, Massachusetts, con su abuela, porque había empezado el colegio.
El barco tenía ya su propia mala fama. Se había construido en 1861 en Spencer's Island, en Nueva Escocia, y se llamaba Amazon. Su primer capitán murió nueve días después de hacerse cargo de él; en 1867 encalló en Cabo Bretón y lo vendieron por poco dinero. Unos armadores de Nueva York lo repararon, le pusieron bandera estadounidense y lo rebautizaron Mary Celeste. Briggs, además, tenía una parte de la propiedad: había puesto dinero suyo en ese casco.
El 4 de diciembre —el cuaderno de a bordo del otro barco anotó el 5, porque en el mar el día empezaba al mediodía— el bergantín canadiense Dei Gratia se cruzó con el Mary Celeste a unas cuatrocientas millas al este de las Azores. Navegaba con parte del velamen puesto, dando bandazos y sin nadie al timón. Del capitán del Dei Gratia, David Morehouse, se cuenta que había cenado con Briggs en Nueva York unos días antes de que los dos zarparan; lo contó su viuda cincuenta años después y en el expediente no consta.
Subió a bordo su primer oficial, Oliver Deveau. Esto es lo que encontró.
No estaba el bote. El Mary Celeste llevaba un yawl —una lancha de seis metros— amarrado sobre la escotilla principal, y faltaba; además, había un trozo de barandilla desmontado, el gesto exacto de quien baja una embarcación con tiempo y no de quien sale corriendo. Había metro y poco de agua en la bodega: mucha agua, pero no una vía de agua mortal para un barco cargado de barriles. Una de las dos bombas estaba desarmada, con su sonda fuera. La escotilla de proa y la del pañol de popa estaban abiertas. Quedaban seis meses de comida y de agua potable. Y quedaban las cosas: la máquina de coser de Sarah, su pequeño armonio, los impermeables de los marineros, sus botas, sus pipas. Deveau declaró que el barco parecía abandonado con prisa y que nadie se había llevado nada suyo.
La última anotación de la pizarra de derrota estaba fechada el 25 de noviembre a las ocho de la mañana. Daba la posición a seis millas de la isla de Santa María, en las Azores. Entre esa línea y el encuentro con el Dei Gratia, el barco había seguido navegando nueve días sin tripulación.
Deveau y dos marineros se quedaron a bordo del Mary Celeste y lo llevaron ellos solos hasta Gibraltar: más de seiscientas millas con tres hombres para un barco de ocho de dotación, haciendo guardias de cuatro horas y durmiendo por turnos. Entraron en el puerto el 13 de diciembre, un día después que su propio barco. Lo primero que se encontraron en el muelle fue una vista judicial abierta contra ellos.
En Gibraltar hubo tres meses de vista judicial, y el hombre que la dirigió, el fiscal Frederick Solly-Flood, estaba convencido de que allí había un crimen. Sospechó de la tripulación del Dei Gratia, sospechó de un motín, sospechó del alcohol de la carga. Mandó analizar unas manchas de un sable que apareció bajo la cama del capitán: no eran sangre. No encontró nada. Al final, el tribunal concedió al Dei Gratia 1.700 libras de premio por salvamento —unos 8.500 dólares de entonces— sobre una tasación de 42.643 dólares, el casco y la carga: un quinto, cuando lo corriente era bastante más. Es la pista más clara de lo que pensaba el tribunal: no acusó a nadie, pero tampoco dejó a nadie limpio.
El dato que probablemente lo explica todo llegó después, en Génova, al descargar: nueve de los 1.701 barriles estaban vacíos. Esos nueve eran de roble rojo; los otros 1.692, de roble blanco. El roble rojo es más poroso. Un barco cerrado, un mar cálido y un alcohol que se evapora dan una bodega llena de vapores inflamables, y eso sí es una razón para meter a nueve adultos y a una niña de dos años en esa lancha y alejarse un poco a esperar a que no pasara nada.
Hay una segunda explicación seria, de 2007, en un documental de la investigadora Anne MacGregor: la bomba desarmada. Si Briggs sondeó mal, pudo creer que el barco se estaba llenando de agua cuando no era verdad; y si el cronómetro iba atrasado, pudo pensar que Santa María quedaba más cerca de lo que estaba y que llegarían a remo.
En las dos explicaciones pasa lo mismo: se pierde el bote y el barco sigue navegando solo. Y de las diez personas nunca apareció nada: ni un cuerpo, ni el yawl, ni una tabla con su nombre.
El expediente descarta además tres cosas. No fueron piratas: la carga llegó entera a Génova, el dinero del capitán seguía en su camarote y las joyas de Sarah no se las llevó nadie. No fue un abordaje: no aparece un solo daño de pelea ni en la madera ni en el aparejo. Y no hubo tormenta capaz de barrer la cubierta: el velamen aguantó nueve días de navegación en solitario, que es incompatible con un mar que se lleva por delante a diez personas. Lo que queda es una decisión tomada a bordo con calma suficiente para desmontar un trozo de barandilla, y un error de cálculo del que no volvió nadie.
La carga se vendió entera y el flete se cobró. En Marion, Massachusetts, la abuela de Arthur Briggs crio al niño en una familia de capitanes que había perdido en una semana al padre, a la madre y a la hermana pequeña de dos años, y que nunca recibió un papel oficial que explicara cómo.
Ahí estaba el hueco, y la ficción lo rellenó. El relato de Doyle gustó tanto que lo reprodujeron periódicos como testimonio real. El cónsul de Estados Unidos en Gibraltar, Horatio Sprague, llegó a preguntar por escrito quién era aquel Jephson que decía haber estado a bordo, y Solly-Flood despachó el relato como una invención de principio a fin. En 1913, la revista The Strand publicó otro supuesto superviviente, un tal Abel Fosdyk, con una versión aún más disparatada. La cena sin tocar y el fuego encendido en la cocina tampoco son de Doyle: salieron en el Los Angeles Times del 9 de junio de 1883, siete meses antes del relato. El té templado en las tazas y el gato dormido en un armario los añadieron los que vinieron después, copiándose unos de otros. Pero el molde era el suyo, y hasta la errata se le quedó pegada al barco: todavía hoy medio mundo lo llama «Marie Celeste».
El Mary Celeste sí tuvo un final documentado, y no es misterioso. En enero de 1885, su último capitán, Gilman Parker, lo cargó con mercancía sin valor asegurada en 30.000 dólares y lo hizo encallar a propósito contra el arrecife de Rochelois, frente a la costa de Haití. El fraude se descubrió, Parker fue juzgado por barratería —entonces un delito que se castigaba con la muerte—, el jurado no llegó a condenarlo y él murió arruinado antes de que pasara un año. La mercancía que había asegurado en 30.000 dólares era, según el inventario del juicio, botas de goma y comida para gatos.