Mientras esperaba el tren conté las cosas que no volverían: siete, sin contar el tren.
El andén estaba mojado y una mujer, dos bancos más allá, sostenía un ramo con el papel ya rendido. No miraba las flores. Miraba el punto exacto del que debía venir algo, esa raya donde las vías se juntan y engañan al ojo.
Pasó un tren que no era. Pasó otro. La lluvia se hizo fina, casi cortés. Cuando por fin llegó el suyo, la mujer no se levantó enseguida; dejó que las puertas se abrieran y se cerraran y siguieran su viaje sin ella. Entonces entendí lo que estaba esperando. No era un tren. Era el permiso para dejar de esperarlo.