Cerramos la casa en septiembre y dentro se quedó todo el verano, esperándonos.
La luz que entraba a las seis siguió entrando a las seis, aunque ya no hubiera nadie para verla cruzar el suelo de baldosa. La toalla azul siguió colgada del respaldo. En el fondo de un vaso quedó un dedo de agua que fue bajando, despacio, como quien recuerda algo.
Volvimos en junio con las llaves frías y el olor a cerrado nos recibió igual que un perro viejo. No estaba triste la casa. Había estado guardando. La abrimos entera de golpe, todas las ventanas a la vez, y por un momento las dos corrientes de aire, la de dentro y la de fuera, se encontraron en el pasillo y no supieron cuál era el presente.