En un callejón detrás del mercado abrió una tienda sin escaparate y con un solo cartel: «Compramos noches de insomnio. Pagamos bien». Yo llevaba catorce sin dormir de verdad. Entré pensando que era una broma. Salí habiendo vendido la peor noche de mi vida.
Detrás del mostrador había una mujer mayor, tranquila, con las manos de quien ha planchado mucha ropa ajena. No había productos en las estanterías: solo frascos de cristal, cientos, cada uno con una etiqueta y una fecha.
—¿Qué venden aquí exactamente? —pregunté.
—Nada. Compramos —dijo ella—. Sus noches malas. Las que da vueltas en la cama repasando lo que hizo mal. Nos las quedamos, se las quitamos de encima, y usted duerme. ¿Cuál me trae?
Pensé en decir cualquiera. Pero mi cabeza fue directa, como va siempre, a la única noche que llevaba diez años sin poder soltar: la del accidente, la de la llamada, la de haber colgado a mi hermano diciéndole que estaba ocupado, media hora antes de que el teléfono volviera a sonar con otra voz al otro lado.
Se lo conté sin querer contarlo. La mujer asintió despacio, cogió un frasco vacío, lo destapó y lo acercó a mi frente como quien recoge el alima de una vela.
—Esta pesa —dijo—. Le pago el doble. Firme aquí y esta noche dormirá como no ha dormido en una década. No volverá a recordar esa noche. Se la lleva la casa.
Y entonces entendí la letra pequeña.
—¿No la recordaré? —dije—. ¿Ninguna parte?
—Ninguna. Ese es el trato. Le quito el dolor, pero el dolor va pegado al recuerdo. No se puede separar. —Me miró por encima de las gafas—. Casi todos firman. Prefieren dormir.
Me quedé mirando el frasco. Dentro, apenas visible, se movía algo: la voz cansada de mi hermano diciéndome «no pasa nada, llámame mañana». Su última frase. Envuelta en la peor noche de mi vida, sí. Pero suya. La última que me quedaba.
—¿Y si quiero conservarla? —pregunté.
La mujer sonrió por primera vez, y fue una sonrisa buena, de las que no esperas en un sitio así.
—Entonces váyase a casa y siga sin dormir —dijo, tapando el frasco vacío—. Hay gente que viene a vender su noche más negra. Y hay gente que, cuando la ve dentro del frasco, se da cuenta de que es lo único que no piensa vender por nada del mundo. Usted es de los segundos. Enhorabuena. Es más rico de lo que cree.
Salí al callejón sin cobrar y sin dormir. Esa noche volví a dar vueltas en la cama, a repasarlo todo, a oír por dentro la voz de mi hermano diciéndome que lo llamara mañana. Me dolió igual que siempre.
Pero por primera vez en diez años, mientras me dolía, le contesté en voz alta: «Mañana, sí. Todos los mañanas». Y aunque no dormí, descansé.