
Pisas la báscula descalzo y te devuelve un número con un decimal: 22,4 % de grasa. No lo ha medido.
Esas básculas mandan una corriente alterna muy débil, imperceptible, que entra por un pie y sale por el otro. La grasa conduce mal porque tiene poca agua; el músculo y la sangre conducen bien porque están llenos de agua y de sales. El aparato mide lo que le cuesta pasar a esa corriente —la impedancia—, mete ese valor junto con tu altura, tu edad y tu sexo en una ecuación estadística, calcula el agua total de tu cuerpo, deduce de ahí la masa magra y resta. Tu porcentaje de grasa es el resultado de una resta.
Por eso baila tanto. Si vas deshidratado tienes menos agua dentro, la corriente lo tiene más difícil y la báscula te apunta más grasa de la que tienes. Media hora de bicicleta, una cena salada, dos cafés, la vejiga llena o los pies fríos te desplazan la cifra medio punto largo sin haberte engordado. Además, en los modelos de pie a pie la corriente sube por una pierna y baja por la otra: del tronco y de los brazos casi no sabe nada.
Úsala como termómetro de tendencia. Súbete siempre el mismo día de la semana, recién levantado, después de orinar y antes de desayunar, y apunta la cifra sin mirarla. Compárala dentro de seis semanas: ahí sí hay información.