
El edificio tiene seis plantas. Lo sé porque vivo en la última: encima de mí ya solo están la azotea y las antenas. Pero en la botonera del ascensor hay un siete.
Los demás números están desgastados, borrosos de tanto dedo. El siete no: el siete brilla, pulido como el picaporte de una iglesia. Alguien lo pulsa. Alguien lo pulsa mucho.
El portero, cuando le pregunté, ni levantó la vista: «Seis plantas».
Anoche volví tarde y, con las llaves aún en la mano, lo pulsé. La cabina pasó de largo mi piso sin frenar. Fueron tres, cuatro segundos: por la rendija de las puertas entró una luz de tarde de verano y un olor inconfundible a mar.
Después el ascensor bajó solo y se abrió en la sexta, en mi rellano de siempre, como si nada.
Esta mañana el portero me ha sujetado la puerta. Por primera vez en nueve años me ha mirado a los ojos.
«¿A que huele a mar?»