Tratamos el aburrimiento como una avería que hay que reparar con una pantalla. Y es lo contrario: una señal de que estamos vivos y desalineados.
El aburrimiento aparece cuando la atención, libre por un instante, no encuentra nada que le importe de verdad. No es vacío: es un vacío que pregunta. Nos avisa de que estamos gastando tiempo en algo que no elegiríamos si nos detuviéramos a mirar.
Hemos aprendido a taparlo antes de escucharlo. Cada vez que rellenamos ese hueco con un desliz del pulgar, silenciamos a la única parte de nosotros que todavía sabe distinguir lo que deseamos de lo que nos han enseñado a desear. Quien nunca se aburre ha perdido la brújula, no el rumbo.