Creemos que recordar es abrir un cajón donde el pasado espera intacto. En realidad, cada vez que recordamos, reescribimos. El recuerdo no es una fotografía guardada, sino un texto que corregimos con la tinta del presente.
Por eso la infancia mejora con los años y las traiciones empeoran. No mentimos: editamos. Cada evocación pasa el hecho por el filtro de quien somos hoy, y quien somos hoy necesita un pasado que lo explique.
Lo inquietante no es que olvidemos. Es que recordamos con demasiada confianza aquello que, sin saberlo, ya hemos vuelto a escribir. El más fiel de nuestros archivos es también el más falsificado, y firmamos cada falsificación con la certeza del testigo.