Doce cajas. Una vida cabe en doce cajas y sobra sitio para el miedo.
En la marcada FRÁGIL no van copas: van las fotos de un verano en el que todos salimos todavía sin saber.
El sofá se queda. Las paredes se quedan, con los agujeros de los cuadros como cicatrices de operaciones que salieron bien.
Qué raro es el último paseo por una casa vacía: las habitaciones devuelven los pasos como si ya no te conocieran, el eco te trata de usted.
Cierro la puerta. Dejo las llaves encima de la mesa, ese gesto tan parecido a devolver un cuerpo que te prestaron para vivir un tiempo dentro.