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Por capítulos · El puerto de los nombres cambiados · Del catálogo de Margen

Capitulo 3. El expediente que nadie cerro

La desaparicion de Aleix Anglada figuraba en un expediente de tres folios y una conclusion comoda: probable ahogamiento, cuerpo no recuperado, caso archivado por falta de indicios de criminalidad. Nuria lo habia leido tantas veces que se lo sabia de memoria, y esa era la trampa: cuando te sabes algo de memoria, dejas de leerlo.

Esta vez lo leyo como policia y no como hermana. Y en la ultima pagina, en la firma que autorizaba el archivo, encontro lo que veinte anos de dolor le habian impedido ver. El agente instructor que cerro el caso, que decidio que no habia nada que investigar, se llamaba Marc Estivill.

El mismo Marc Estivill con el que ella se iba a casar aquel otono. El que rompio el compromiso tres meses despues de la desaparicion, sin explicaciones, y se traslado a otra ciudad. El que ella habia llorado creyendo que la habia dejado por cobardia, por no soportar a una novia rota.

Ahora entendia que no la habia dejado. Habia huido.

-Bru -dijo por telefono, con la voz mas plana que pudo-. Necesito todo sobre un excompanero. Marc Estivill. Donde esta, que hace, si sigue vivo.

-Estivill... -Bru dudo-. Ese nombre me suena de algo reciente. Dame una hora.

Le dio veinte minutos. Cuando volvio a llamar, la voz paciente del subinspector se habia vuelto cautelosa, la voz de quien acaba de pisar un cristal en la oscuridad.

-Nuria, ese hombre lo dejo el cuerpo hace tres anos. Pero antes de irse trabajo en aduanas portuarias. Y no en cualquier puesto. Estivill firmaba las inspecciones de los contenedores que no se abrian. -Hizo una pausa-. Firmaba quien pasaba y quien no. Personas incluidas.

Anglada cerro los ojos. La foto. Su hermano al fondo, en el muelle, la noche que desaparecio. Un puerto que traficaba con nombres. Un prometido que archivo la muerte de su hermano y despues huyo. Nada de aquello era casualidad, y ella empezaba a temer que su propia historia de amor hubiera sido, desde el primer dia, una forma de vigilarla.

Esa noche, al llegar a su piso, la puerta estaba entornada. Ella nunca dejaba la puerta entornada. Saco el arma, empujo despacio, y en la mesa de la cocina, donde por la manana no habia nada, alguien habia dejado la fotografia original. La de verdad. Sin plastico. Y en el reverso, escrito a mano con una letra que reconocio al instante porque la habia visto en cartas de amor, tres palabras:

El sigue vivo.