Mi padre guardó cada recibo de su vida en cajas de zapatos. Facturas de la luz, entradas de cine, tiques del mercado con el nombre de tomates que ya no existen. Cuando murió, me pidió que no los tirara sin leerlos. Yo pensé que era la última manía de un hombre que ordenaba los cajones por color.
Tardé cuatro meses en abrir la primera caja. La abrí una noche de insomnio, con la promesa de tirar todo a la mañana siguiente. Empecé por 1994. Un tique de gasolina, una farmacia, un ramo de flores de doce euros. Y así, caja tras caja, fui reconstruyendo a un hombre que yo creía conocer.
Entonces encontré el patrón. El primer viernes de cada mes, durante veintidós años, un mismo importe en la misma floristería. Nunca los trajo a casa. Mi madre lleva muerta desde antes de que yo naciera; él nunca volvió a mencionarla, ni una vez, como si el silencio fuera una forma de lealtad.
Busqué la floristería. Seguía abierta. La mujer del mostrador, ya anciana, reconoció mi apellido antes de que terminara de decirlo. Me contó que mi padre compraba las flores y las dejaba, siempre, en el mismo banco del cementiterio. Que a veces se sentaba una hora. Que nunca hablaba.
—¿Y qué flores eran? —pregunté, por decir algo, porque me temblaba la voz.
—Nomeolvides —dijo ella—. Siempre nomeolvides. Decía que era lo único que sabía pedir sin equivocarse.
Volví a casa con la caja de 2015 bajo el brazo. Esa noche no tiré nada. Ahora los guardo yo, en las mismas cajas de zapatos, y el primer viernes de cada mes bajo al mercado y compro tomates que no existen. Es lo único que sé pedir sin equivocarme.