Mi abuela hablaba una lengua que ya nadie habla. Al final solo la usaba para las plantas y para el gato, seres que no le pedían traducción.
De pequeña me enseñó tres palabras. La del pan cuando aún está caliente. La de la lluvia que llega de noche. La de la persona que se fue y todavía duele. Dijo que con esas tres se podía vivir toda una vida, y que las demás eran adorno.
Se me olvidaron dos. Me quedé con la del pan, quizás porque era la más fácil de necesitar.
Ahora, cuando saco una hogaza del horno, la digo en voz baja para que nadie me pregunte qué significa. No significa pan. Significa que hubo una mujer, y una cocina, y una niña, y que por un momento la lengua entera vuelve a existir en el aire de mi cocina antes de disolverse otra vez en el silencio del que vino.