Hay una estación entre las dos ciudades donde vivo que ningún tren considera digna de detenerse. La cruzo cuatro veces por semana a ochenta por hora, y cada vez alcanzo a leer el nombre un instante antes de que la velocidad lo borre.
Al principio no le presté atención. Después empecé a esperar el momento. El andén siempre vacío, el reloj parado en una hora que no es ninguna, el banco de madera bajo un techo de latón que llueve por dentro cuando llueve por fuera.
Una tarde de invierno vi a alguien. Un hombre con abrigo largo, de pie en el borde, mirando pasar mi tren como se mira el mar: sin esperar nada de él. Nuestras miradas se cruzaron menos de un segundo. No hubo tiempo para más.
Desde entonces lo busco. No siempre está. Pero cuando está, algo en mí se detiene aunque el tren no lo haga, y por un instante somos dos personas quietas en un mundo que corre, sosteniéndonos con la mirada sobre un andén al que ninguno de los dos llegará jamás.
He pensado en bajarme en la ciudad siguiente y volver caminando por las vías. Preguntarle qué espera. Pero sé que si lo hiciera, la estación dejaría de ser el único lugar del mundo donde algo, brevísimo, todavía me sucede.