Curiosidad · Del catálogo de Margen
Una isla salió del mar en 1831 y duró cinco meses

El 10 de julio de 1831, a unos cuarenta y cinco kilómetros al suroeste de Sciacca, en la costa sur de Sicilia, los barcos que cruzaban esa ruta empezaron a comunicar una columna de agua y vapor saliendo de mar abierto. La carta marina daba allí cien brazas de fondo: unos ciento ochenta metros. Nueve días más tarde había una isla en ese punto, y para diciembre ya no estaba. En menos de tres meses la habían bautizado tres veces en tres idiomas.
Lo que subía era uno de los conos del campo volcánico sumergido que hoy se llama Campi Flegrei del Mar de Sicilia, en el canal que separa Sicilia de Túnez. La erupción arrancó a finales de junio, rompió la superficie hacia el 19 de julio y se apagó el 12 de agosto. En su mejor momento el cono medía unos sesenta y tres metros de alto y algo menos de cinco kilómetros de contorno. Estaba hecho de ceniza, de lapilli —los granos de piedra volcánica del tamaño de un guisante— y de bloques de escoria: material suelto, sin una sola colada de lava que lo sujetara por fuera. El que desembarcaba se hundía hasta el tobillo.
Los que llegaron a tiempo plantaron banderas. El 2 de agosto desembarcó Humphrey Fleming Senhouse, oficial de la Marina británica, clavó la Union Jack y la bautizó Graham Island, por Sir James Graham, primer lord del Almirantazgo. Fernando II de Borbón, rey de las Dos Sicilias, que tenía la isla nueva a la vista de su propia costa, mandó un barco y le puso Ferdinandea, con su nombre. A finales de septiembre llegó el geólogo francés Constant Prévost con un pintor y un cuaderno de campo, y la llamó Île Julia, porque había nacido a mediados de julio.
La pelea tenía cuentas detrás. Una isla en mitad del canal de Sicilia, en la ruta de Malta, servía de fondeadero, de faro y de aduana, y quien la tuviera cobraba. Los juristas de Nápoles y de Londres se pusieron a redactar memorias sobre quién había llegado antes.
Mientras las redactaban, los temporales de otoño cortaban el cono por la base. A finales de octubre las olas rompían ya por encima de la cumbre; a mediados de noviembre la isla era un banco de arena negra a ras de agua; para diciembre de 1831 no quedaba nada sobre la superficie. Los barcos que fueron a buscarla a primeros de enero de 1832 le pasaron por encima sin verla.
Quedó un problema jurídico que todavía se estudia —qué ocurre cuando aparece territorio nuevo en alta mar y varios estados lo reclaman a la vez— y tres topónimos para el mismo bajío que los marinos resuelven a la siciliana: Ferdinandea.
El volcán sigue ahí, hundido. La cumbre está hoy a unos seis metros bajo la superficie. Un pesquero pasa por encima sin enterarse. Seis metros es lo que le falta para volver a ser isla. En el año 2000, cuando se registró otra vez actividad sísmica en el bajío, un equipo de buzos sicilianos bajó hasta esa cumbre y atornilló una placa de mármol con una frase escrita para una isla que no existe: «Este trozo de tierra, que fue Ferdinandea, perteneció y pertenecerá siempre al pueblo siciliano». Cuando volvieron a buscarla, la encontraron partida en pedazos.