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Por capítulos · Doce dias de gasoleo · Del catálogo de Margen

Sesenta y ocho en el comedor, ciento cuarenta en la litera

Antes: un tubo partido bajo las tejas de Iratxeta mete humo del generador en media casa. Cinco de los nueve tienen dolor de cabeza.

Quedaban seis días de gasóleo cuando Fani Quiroga, geóloga de veintiocho años que subió a Iratxeta a cambiar los sensores de la ladera, pidió permiso para encender el generador cuarenta minutos con los nueve dentro, respirando lo mismo que iba a medir el aparato.

—No tengo otra forma —dijo—. El sensor mide lo que hay en el aire ahora. Con el motor apagado desde ayer a las siete y media, lo que hay ahora es lo que queda, y lo que queda no me dice lo que respirasteis durmiendo.

Mercedes Arriaga, jueza de paz jubilada que lleva la contabilidad del combustible en la contraportada del libro de firmas, apoyó el lápiz de punta.

—Cuarenta minutos de motor son tres litros y un tercio, a cinco litros la hora. Tres litros y un tercio son la quinta parte de la ración de hoy. Dime qué compro con eso. Los saco de la hora y media de anoche, que no encendimos.

—Compras un número —dijo Fani—. Ahora mismo tenemos cinco personas con dolor de cabeza y una discusión. Con un número tenemos una decisión.

Ramiro Bouzas, cuarenta y cuatro años, carpintero de ribera, estaba de pie junto a la puerta desde el desayuno.

—La decisión la tenemos ya. Se apaga y se baja.

—Se baja por dónde —dijo Txomin Elordi, sesenta y dos años, pastor, que sube el correo del club a Iratxeta desde 1994. No lo dijo como pregunta.

Idoia Bergara, guarda del refugio y enfermera de urgencias hasta 2019, cortó por la mitad. Autorizó los cuarenta minutos con tres condiciones: el motor arranca a las once, los nueve esperan juntos en la cocina, sentados y quietos, y el que no aguante baja al leñero, que es lo único que queda ocho escalones por debajo del comedor y donde a Ramiro se le quita el dolor de cabeza, y nadie duerme mientras esté en marcha.

Aitor Sein, diecisiete años, en prácticas de guarda, hijo de guía, se ofreció a quedarse en el dormitorio pequeño con el registrador en la mano para vigilar la pantalla.

—No —dijo Idoia—. El aparato se queda solo y la pantalla la leemos después. Tú llevas el reloj: me cantas los minutos desde la cocina y apuntas la hora de arranque y la de paro.

Fani preparó el registrador en la mesa larga. Es una caja del tamaño de un libro de bolsillo, con tres canales —temperatura, humedad y un sensor electroquímico de monóxido de carbono, que es el gas que sale de cualquier cosa que quema mal y no huele a nada— y una memoria que guarda un dato cada diez segundos. Le puso pilas nuevas de la caja de los sensores de ladera y lo dejó estabilizándose veinte minutos, que es lo que esa placa necesita antes de que su curva signifique algo.

A las once menos cinco lo dejó en el comedor, encima de la mesa larga, a la altura de la cara de alguien sentado. Veinte minutos en el comedor y veinte en el dormitorio: era lo que daba de sí un aparato para dos habitaciones.

El generador arrancó a las once y uno. Aitor cantó la hora en voz alta y Mercedes la escribió. A las once y veintiuno Fani subió la caja al dormitorio pequeño y la colgó de la barra de la litera de arriba, la de Lena, a un palmo de donde duerme su cabeza.

Lena Bouzas, cuarenta y un años, montañera y anestesista, se sentó en el banco de la cocina con la espalda en la pared y la puerta del pasillo cerrada con un saco enrollado por abajo. Sabino Amantegui, sesenta y seis años, guarda de aquel refugio de 1991 a 2022, se sentó enfrente con la manta térmica en las rodillas.

—Catorce horas y dos minutos —dijo Lena—. Diez y veinte los cuatro primeros días, tres y doce anteayer y la media hora de ayer por la mañana, hasta que Idoia lo paró a las siete y media. Eso es lo que llevamos de motor con el tubo abierto. Lo he sacado de la libreta de Idoia y del sobre de Casimiro.

—Catorce y dos —repitió Sabino.

—Y tú lo sabías el martes a las siete menos veinte.

—Yo sabía que el tubo estaba abierto. Os oí a los ocho en la cocina y pensaba taparlo esa misma tarde y devolveros el gasóleo.

Mercedes cerró el libro con el dedo dentro y miró a Sabino por primera vez desde que le tomó declaración.

—Usted avisó al club en el otoño de 2021. Eso dijo ayer.

—Por escrito. Un parte de dos hojas, con la fotografía del solape y el sitio exacto.

—Y en 2022 lo cesaron.

—En mayo.

—¿Por qué?

Sabino tardó en contestar lo que tardaba siempre, que era menos de lo que parecía.

—No lo sé. Me llegó un cese de tres líneas. Ponía la fecha, ponía que se me agradecían los servicios y ponía un número de registro. No ponía por qué.

—¿Guarda ese papel?

—En casa, en Ochagavía. Aquí no.

Mercedes abrió el libro por la contraportada, donde llevaba los litros, y escribió algo en el margen, de lado, con letra pequeña. Después dijo, sin levantar la vista, que un cese con número de registro es un cese que está atado a otro documento, y que un documento que se guarda lleva copia en algún archivo del club.

Casimiro Lete, setenta y un años, socio veterano que ha subido treinta inviernos a Iratxeta, habló desde el banco de la esquina, donde estaba sentado con el gorro puesto dentro de la casa.

—Yo no me duermo a las once de la mañana. En treinta años no me he dormido a las once de la mañana.

El motor paró a las once cuarenta y uno. Aitor cantó la hora. Fani esperó a que el aire de los pasillos se moviera lo que tuviera que moverse, subió al dormitorio pequeño, descolgó el registrador de la barra de la litera y volvió a la cocina con él contra el pecho. Enchufó el cable al portátil con el que baja los datos de los sensores de ladera, que llevaba un treinta y uno por ciento de batería, y puso la pantalla de manera que la vieran los nueve a la vez.

La curva del comedor subía recta y se aplanaba a los dieciocho minutos. La del dormitorio, en los veinte siguientes, no llegó a aplanarse.

—Sesenta y ocho —dijo Fani—. Sesenta y ocho partes por millón en el comedor, y ahí se quedaba quieta a los dieciocho minutos: cuando la curva se aplana, el número ya es del sitio y no del rato, y por eso vale sin la hora larga que os dije ayer. Y ciento cuarenta junto a tu litera, Lena, en veinte minutos y todavía subiendo cuando paramos el motor: ese no es el techo, es el suelo.

Nadie preguntó si eso era mucho. Lena Bouzas se levantó, se puso delante de la pantalla y dijo en voz alta lo único que hacía falta traducir.

—El límite de ocho horas para un sitio donde se trabaja son veinte partes por millón, y el pico de quince minutos, cien. Junto a mi litera hay ciento cuarenta, y ahí hemos dormido seis noches.