
En julio de 1870, la chispa era española: el trono de España estaba vacante y el candidato era un príncipe prusiano, algo que Francia no podía tolerar. El embajador francés abordó al rey Guillermo de Prusia en el balneario de Ems para exigirle garantías de que la candidatura no se repetiría jamás.
El rey se negó, con educación, y mandó un resumen del encuentro a su canciller, Otto von Bismarck. Y Bismarck, que llevaba tiempo buscando una guerra con Francia que uniera a los estados alemanes, vio la ocasión: recortó el texto para que la negativa sonara a portazo y la exigencia francesa a insolencia, y lo filtró a la prensa.
El efecto fue inmediato en ambos países. Francia, sintiéndose humillada, declaró la guerra en menos de una semana. La perdió, y de esa derrota nació el Imperio alemán, proclamado además en Versalles.
Una guerra decidida con unas tijeras de editor.