A las siete el mercado huele a mar recién muerto y a pan que todavía no sabe que va a ser de alguien.
Las pescaderas ordenan la plata como quien cuenta monedas de un reino que se hunde cada noche y cada mañana vuelve a flote.
Hay viejas que compran poco y hablan mucho, que es otra forma de llenar la cesta.
Yo vengo a mirar: el hielo, las escamas, las manos rojas de frío haciendo su trabajo exacto, la balanza que no entiende de tristezas y pesa igual la fruta que las horas.
A las siete el mundo aún es honesto. Después abren las oficinas y empezamos todos a vender cosas que no se pueden poner en el mostrador.