
La máquina de café del andén B lleva años cobrándole un euro con diez, y él lleva años pagando con monedas exactas. El martes solo tenía un billete de cinco. La máquina rumió su zumbido de siempre, escupió el café y, por primera vez, la vuelta: un puñado de calderilla tibia.
La vio en el tren, al ordenar el cambio en la palma: una moneda de dos euros, brillante como recién salida del horno, perfecta en todo salvo en el año grabado junto a la estrella. 2031.
Desde entonces paga siempre con billete. Guarda ya seis monedas imposibles en un bote de mermelada: 2031, 2033, dos de 2034, 2047. No se las enseña a nadie; las mira a oscuras, como quien cuenta contrabando.
La última es de 2061 y es distinta: está gastada, lisa, oscurecida, pulida por miles de manos. Es la única que no le gusta tocar. No le inquieta que venga de tan lejos. Le inquieta lo usada que está: toda la vida que esa moneda ya ha visto pasar, y que a él todavía le espera.