
Abre mañana un yogur cerrado que haya permanecido refrigerado y mira qué fecha lleva. Esa cifra puede indicar seguridad o limitarse a señalar hasta cuándo conserva su mejor calidad. Para decidir bien hay que leer también las palabras impresas junto al número.
España no cambió oficialmente la fecha del yogur en 2022. Hasta 2013, la norma de calidad de este alimento obligaba a marcar una fecha de caducidad situada 28 días después de la fabricación. El Real Decreto 176/2013, aprobado en marzo de aquel año, eliminó ese plazo fijo y dejó que cada fabricante determinara la fecha adecuada y la forma de expresarla conforme a la normativa europea.
El cambio legal abrió una transición gradual. Las empresas tuvieron que revisar sus productos, su conservación y la información que ofrecían. Algunas mantuvieron durante un tiempo la fórmula anterior; otras adoptaron el consumo preferente. En enero de 2022, Danone, el mayor fabricante español de yogures, anunció que aplicaría este último criterio a sus marcas. La noticia tuvo mucha difusión y acabó confundiéndose con una reforma normativa ocurrida nueve años antes.
La diferencia operativa cabe en dos frases. La fecha de caducidad se utiliza en alimentos muy perecederos que pueden plantear un riesgo tras el límite indicado; vencida, el producto no debe consumirse. El consumo preferente señala hasta cuándo se mantienen las cualidades esperadas si el envase se conserva según las instrucciones; superarlo permite valorar el producto, pero no garantiza por sí solo que siga siendo adecuado.
Dos leches muestran bien el contraste sin cambiar de familia alimentaria. La leche fresca pasteurizada lleva fecha de caducidad porque conserva una vida refrigerada corta. La leche UHT, tratada a mayor temperatura y envasada para durar cerrada durante meses, lleva consumo preferente. Las dos se llaman leche, pero el tratamiento obliga a leer fechas distintas.
Con el yogur sucede algo parecido. Su fermentación, su acidez, el envase y la refrigeración influyen en la duración, pero no autorizan una regla universal de tantos días o semanas. Lo que puede hacerse con una unidad concreta depende de la etiqueta, de que siga cerrada, de la temperatura que haya mantenido y de cualquier indicación adicional del fabricante.
AESAN recomienda que, ante un producto con consumo preferente superado y correctamente conservado, se observe el estado antes de desecharlo. La secuencia consiste en mirar, oler y, si no aparece ninguna anomalía, probar una cantidad mínima. Es una orientación para esa clase de fecha, no una invitación a ignorar una caducidad ni una promesa de que todos los yogures duren el mismo tiempo.
La comprobación empieza por el envase. Una tapa abombada de manera anómala, una fuga, un cierre roto o un recipiente dañado son motivos para desecharlo. Al abrir, también obligan a tirarlo el moho, una coloración extraña o un olor claramente distinto del habitual del producto. Ante una señal dudosa no hace falta probarlo para confirmar nada.
Un poco de suero sobre la superficie no pertenece a esa lista. El líquido amarillento puede separarse naturalmente de la parte sólida del yogur durante el almacenamiento. Se puede mezclar de nuevo al remover y, por sí solo, no indica deterioro. Tampoco basta llamar agrio a cualquier olor: el yogur ya es un alimento ácido y cada variedad tiene un aroma propio.
La falta de señales visibles tampoco constituye una garantía absoluta. Por eso importan la clase de fecha, las instrucciones y la cadena de frío antes de recurrir a los sentidos. Un alimento con caducidad vencida se descarta aunque parezca normal. En uno con consumo preferente, la observación sirve únicamente dentro de las condiciones para las que el fabricante calculó su duración.
La frase «conservar refrigerado» forma parte de esa decisión. Un yogur que ha permanecido muchas horas fuera de la nevera no recupera las condiciones previstas al volver a introducirlo. El número de la tapa se calculó para un tratamiento concreto durante toda su vida comercial. Si ese tratamiento se rompe, una fecha todavía lejana no compensa el cambio.
También manda la indicación posterior a la apertura. Un envase puede conservar un consumo preferente distante y ordenar al mismo tiempo que, una vez abierto, se termine en pocos días. Desde el momento en que se retira la tapa entran aire, utensilios y microorganismos del entorno. El plazo específico de apertura pasa entonces a ser la referencia aplicable.
Las campañas de AESAN alrededor de 2022 buscaban precisamente que el consumidor no leyera todos los números de la misma manera. La coincidencia con el anuncio de Danone dio visibilidad al yogur, pero la explicación abarcaba la compra entera. Arroz, pasta, legumbres secas y muchos productos congelados suelen mostrar consumo preferente; carne picada, pescado fresco y determinados platos refrigerados llevan caducidad.
Los huevos añaden un caso particular. Su fecha de duración mínima se fija en 28 días desde la puesta. La coincidencia con los antiguos 28 días del yogur puede despistar, aunque procede de reglas diferentes. Contar días sin identificar el alimento ni leer la expresión completa convierte dos etiquetas distintas en una falsa instrucción común.
El problema alcanza una escala considerable. Eurostat estimó que la Unión Europea generó en 2021 unos 59 millones de toneladas de desperdicio alimentario, alrededor de 131 kilos por habitante. La Comisión Europea calcula además que hasta un 10 % del desperdicio puede estar relacionado con interpretar mal el significado de las fechas.
Eso incluye alimentos desechados automáticamente al alcanzar su mejor fecha de calidad. También incluye el riesgo opuesto: tratar una caducidad como una recomendación flexible porque el envase conserva buen aspecto.
EFSA publicó en 2020 una guía técnica para que los operadores decidieran qué fecha correspondía a cada alimento. Su árbol de decisión examina factores como el tratamiento aplicado, la posibilidad de recontaminación, las condiciones de almacenamiento y el comportamiento de los microorganismos durante la vida útil. De ese análisis salen las palabras de la tapa.
El fabricante también puede modificar la fecha cuando cambia una receta, un proceso, un envase o la temperatura prevista. Por eso no conviene trasladar la experiencia de una marca a todas las demás. Que un yogur anterior haya conservado bien sus cualidades después de cierto número de días no establece un plazo reutilizable para otro producto.
Mañana, delante de la nevera, hazle al yogur las tres preguntas previas: ¿ha seguido siempre en frío?, ¿sigue cerrado y sin daños?, ¿hay una instrucción especial en el lateral? Con una fecha de caducidad vencida no hay más recorrido: se tira aunque parezca perfecto. Con un consumo preferente superado y esas condiciones respetadas, aplica la pauta de AESAN —míralo, huélelo y prueba una punta— y decide con lo que encuentres, sin fiarte del recuerdo de otro envase que duró más.