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Curiosidad · Del catálogo de Margen

28.800 juguetes de bañera midieron el Pacífico

10 de enero de 1992: el Ever Laurel, carguero que viajaba de Hong Kong a Tacoma, perdió varios contenedores durante una tormenta del Pacífico Norte. Doce cajas metálicas se fueron al agua aquella noche; solo una importó después. Esa liberó 28.800 juguetes de baño, y sus posiciones acabarían sirviendo para medir corrientes superficiales.

La carga pertenecía a Friendly Floatees, una colección fabricada para la marca infantil The First Years. Iba repartida a partes iguales: 7.200 patos amarillos, 7.200 castores rojos, 7.200 ranas verdes y 7.200 tortugas azules. El accidente ocurrió cerca de la línea internacional de cambio de fecha.

Los juguetes no llevaban transmisores ni instrumentos. Tampoco habían sido diseñados para una expedición científica. La tormenta los convirtió en miles de marcadores independientes que podían reconocerse por su forma, sus colores y la marca del fabricante. Hacían falta personas capaces de encontrarlos en tierra y comunicar dónde y cuándo habían aparecido.

Los primeros llegaron a Sitka, pueblo costero de Alaska, a finales de noviembre de 1992. Habían recorrido unos 3.200 kilómetros desde la zona del vertido. Durante el año siguiente se recuperaron varios cientos de figuras en el sureste de Alaska. Los periódicos locales difundieron peticiones para que los vecinos notificaran los hallazgos, y cada aviso añadió un punto comprobable al recorrido.

Curtis Ebbesmeyer ya sabía trabajar con una red semejante. En 1990 había rastreado la carga perdida por el Hansa Carrier: unas 61.000 zapatillas Nike cayeron al Pacífico y empezaron a aparecer en playas con números de serie que permitían relacionarlas con el accidente. Ebbesmeyer pidió noticias a quienes recorrían la costa, reunió fechas y lugares y comparó la distribución de las zapatillas con el movimiento previsto del agua.

Aquella experiencia significaba que, cuando cayeron los Friendly Floatees, la red de rastreadores ya existía. Había pescadores, paseantes y coleccionistas atentos a los restos reconocibles que dejaban las mareas. Ebbesmeyer coordinaba parte de esa información mediante Beachcombers' Alert, el boletín donde publicaba avisos, preguntas y resultados sobre cargas perdidas en el mar.

Ebbesmeyer trabajaba en Seattle estudiando el movimiento del océano. James Ingraham, colega especializado en modelización, disponía de la herramienta con la que podían comparar los avisos. Se llamaba OSCURS, siglas de Ocean Surface Current Simulator, y calculaba el desplazamiento probable de objetos flotantes sobre las corrientes superficiales del Pacífico Norte.

Ingraham introducía la posición inicial del vertido, la época del año y las condiciones disponibles. El programa generaba trayectorias posibles. Las llegadas documentadas permitían comprobar en una sola operación si esas predicciones concordaban con el recorrido real. Una figura identificada por su marca, acompañada de playa y fecha, servía como observación; un juguete parecido sin identificación suficiente quedaba fuera.

Los avisos también ayudaron a ajustar cuánto intervenía el viento. Un pato de plástico sobresale más del agua que una boya y ofrece una superficie distinta al aire. Si el modelo trataba ambos objetos del mismo modo, la predicción se desviaba. Al comparar las rutas calculadas con los puntos de llegada, Ingraham pudo modificar el efecto atribuido al viento sobre objetos ligeros.

Las boyas científicas transmiten datos más precisos, pero son caras y se despliegan en cantidades limitadas. Aquí había decenas de miles de marcadores del mismo cargamento, liberados en una fecha y una zona conocidas. No informaban durante el viaje, de modo que solo revelaban los extremos del recorrido: el lugar del accidente y la playa donde terminaban.

El modelo anticipó llegadas posteriores a la costa de Washington, destino original del carguero. También indicó que una parte de la carga permanecería dentro del giro del Pacífico Norte. Un juguete podía tardar alrededor de tres años en completar el circuito. Los avisos recibidos en años distintos ayudaban a distinguir una llegada temprana de otra producida después de una vuelta adicional.

El calendario era decisivo. Dos figuras encontradas en la misma región podían haber seguido recorridos diferentes si una aparecía en 1993 y otra en 1996. Algunas abandonaban el circuito principal, otras regresaban a él y otras quedaban varadas durante un tiempo antes de que una marea volviera a moverlas. El mapa no mostraba un itinerario individual continuo, pero sí patrones repetidos entre muchas recuperaciones.

Parte de los juguetes avanzó hacia el norte y quedó atrapada en el hielo ártico. El hielo podía retenerlos y transportarlos hasta una salida hacia el Atlántico Norte. Ese mecanismo prolongaba el viaje durante años y permitía plantear una conexión entre dos cuencas, aunque identificar una figura concreta después de tanto tiempo exigía conservar señales suficientes de su procedencia.

Hacia 2007 se comunicaron posibles hallazgos en la costa suroeste del Reino Unido. Las figuras descritas estaban blanqueadas por el sol y algunas conservaban, según los avisos, la marca de The First Years. La empresa llegó a ofrecer un bono de ahorro de 100 dólares por cada pato británico que pudiera vincularse al vertido. Ninguno superó finalmente una verificación concluyente.

Con los años se contó que los patos habían recorrido todos los mares, aunque tres cuartas partes de la carga eran otras figuras y varias llegadas famosas quedaron sin confirmar. Los datos sólidos procedían de ejemplares identificables cuyo lugar de aparición resultaba coherente con las rutas previstas.

La historia continuó fuera del modelo. Ebbesmeyer convirtió Beachcombers' Alert en un punto de encuentro para documentar zapatillas, guantes, piezas de plástico y otras cargas. En 2011, el periodista Donovan Hohn publicó Moby-Duck después de seguir el rastro de los juguetes y viajar en cargueros y rompehielos. El accidente pasó así de los boletines costeros a una investigación sobre transporte marítimo y residuos flotantes.

Los Friendly Floatees no midieron temperatura, profundidad ni velocidad en cada tramo. Su utilidad fue más limitada y concreta: comprobar rutas superficiales mediante muchos puntos de llegada. El resultado dependía de que alguien recogiera una figura, leyera su marca y enviara un aviso fiable.

La cifra completa también corrige el recuerdo popular. El Ever Laurel no soltó 28.800 patitos: soltó 7.200 patos, 7.200 castores, 7.200 ranas y 7.200 tortugas. Juntos proporcionaron una serie accidental de marcadores con la que Ebbesmeyer e Ingraham pudieron poner a prueba el recorrido calculado del Pacífico Norte.