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Relato · Del catálogo de Margen

Un empate a 65 puntos me costó la tarde de estudio

Me llamo Tomás Bellido, trabajo como auxiliar de farmacia y el acta que arruinó mi tarde de estudio da fe de todo lo que sigue. El sábado 22 de agosto de 2026, a las 12:10, acepté ser jurado sustituto del concurso de tortillas de Peñaclara del Tormo, un pueblo serrano en fiestas. A las 15:47, después de catorce catas, dos tortillas empataron y mi oposición del lunes quedó pendiente de una cebolla.

Yo había viajado para encerrarme en casa de mi tía y repasar doscientas cuarenta páginas de dispensación farmacéutica que pensaba rendir en bloques de veinte. Necesitaba aprobar para optar a una plaza estable en el centro de salud. Mi contrato terminaba el día 31 y el concurso no figuraba en mi calendario.

Bajé a comprar pan y encontré a Adela Bercial sujetando una carpeta contra el pecho. Adela organizaba las fiestas después de cerrar su ferretería y llevaba diecinueve ediciones dirigiendo la cata. Le faltaba un miembro del jurado porque el maestro jubilado previsto había amanecido con dolor de muelas.

—Tú trabajas con medidas —me dijo—. Esto también va de medidas.

Quise explicar que una dosis de ibuprofeno y una tortilla no compartían protocolo, pero ya había escrito mi nombre en la línea de suplentes. Prometió que terminaríamos en cuarenta minutos. El acta registra esa afirmación a las 12:11, aunque no la califica de fantasía.

La mesa del salón municipal tenía catorce platos numerados y otras tantas campanas de aluminio. La cata era ciega. Solo Adela conservaba los sobres donde figuraban los autores. Los jueces debíamos puntuar textura sobre diez, sabor sobre diez y aspecto sobre cinco.

A mi derecha se sentó Nerea Saz, que conduce el autobús comarcal y defendía la cebolla con argumentos propios de una negociación fronteriza. A mi izquierda, Julián Cobo, técnico de ascensores convencido de que añadirla convierte la tortilla en un guiso. Ambos habían jurado imparcialidad seis minutos antes.

La primera muestra llevaba cebolla. Nerea cerró los ojos al probarla. Julián anotó un seis y dijo que valoraba el huevo. La segunda no llevaba. Julián levantó el pulgar; Nerea preguntó si también puntuaríamos las obleas de farmacia.

Adela golpeó la mesa con un cucharón.

—En diecinueve años no he expulsado a un juez, pero tengo formularios.

Yo calculé que, si cada muestra consumía dos minutos, aún podría volver a estudiar antes de comer. La tercera necesitó siete porque discutieron si una esquina más tostada era defecto o carácter. La cuarta provocó una inspección del grosor. En la quinta, Julián pidió pan para limpiar el paladar y Nerea respondió que el paladar se limpiaba votando bien.

A las 13:05 ya conocía la guerra civilizada del pueblo. Los cebollistas ocupaban durante las fiestas las mesas cercanas a la cocina. Los sincebollistas preferían la pared del trofeo, donde colgaban doce fotografías de ganadores. Nadie se insultaba de verdad, pero cada bando pronunciaba «respeto» con un significado incompatible.

El campeón defensor era César Gálvez, fontanero especializado en calderas, aunque su identidad permanecía escondida en uno de los sobres. Había ganado las dos ediciones anteriores con una receta sin cebolla y cocción muy lenta. Sus seguidores esperaban el tercer título consecutivo; sus adversarios querían impedir que la copa siguiera otro año en el escaparate de su taller.

Yo no sabía cuál era su plato. Esa ignorancia me parecía la única parte sana del procedimiento. En cada ronda apuntaba la nota con el vaso de agua en la otra mano. A la octava tortilla había perdido la capacidad de recordar si la patata número seis estaba firme o si ese recuerdo pertenecía a la cuatro.

Adela custodiaba las fichas con rigor de notaría. Escribía la hora de cada incidencia, recogía nuestras firmas cuando corregíamos una cifra y prohibía comentarios antes de entregar la puntuación. Su método había nacido después de la edición séptima, cuando dos primos se acusaron de reconocer una sartén por el borde.

La tortilla número diez llegó a las 13:42. Era jugosa, llevaba cebolla y conservaba una costra fina. Nerea le dio veinticuatro puntos sobre veinticinco. Julián le concedió diecinueve con expresión dolorida. Yo puse veintidós porque empezaba a sospechar que cada número extra prolongaba mi estancia.

La número trece no llevaba cebolla. El centro mantenía la forma sin quedar seco. Julián le dio veinticuatro; Nerea, diecinueve. Yo marqué veintidós. Al sumar las fichas, Adela frunció el ceño y repitió la operación con una calculadora de sobremesa.

Las dos alcanzaban sesenta y cinco puntos.

—Empate técnico —declaró.

Miré el reloj. Eran las 14:08. En mi mochila me esperaban los procedimientos de conservación de medicamentos termolábiles. Pregunté por el criterio de desempate. Adela abrió el reglamento y leyó que debía repetirse la cata entre los platos igualados, con nuevas porciones y orden invertido.

Las porciones regresaron bajo los números 15 y 16. Yo reconocí la cebolla antes de probar, Nerea reconoció su falta en la otra y Julián reconoció que la discusión anterior no había servido. Volvimos a puntuar. El resultado fue otro empate: sesenta y siete puntos.

Adela anotó «segundo empate técnico» a las 14:26. Buscó una cláusula adicional, pero el reglamento terminaba con la firma del alcalde y una mancha de aceite de la edición duodécima. Nerea propuso premiar la puntuación de sabor. También empataban. Julián pidió valorar la regularidad del corte. Cada una tenía ocho porciones casi idénticas.

Abrimos los sobres para conocer a los finalistas. La número diez pertenecía a César, el campeón famoso por cocinar sin cebolla. La trece era de Maribel Ordóñez, panadera que presidía la peña cebollista. Durante varios segundos creímos que Adela había cruzado las etiquetas.

César entró al salón con una llave inglesa aún en el bolsillo. Admitió que había preparado una tortilla con cebolla porque estaba cansado de que sus amigos adivinaran su plato antes de catarlo. Maribel llegó con harina en el delantal y confesó que había competido sin cebolla para demostrar que podía ganar incluso bajo las reglas del enemigo.

Los dos bandos tardaron unos segundos en decidir a quién vitorear. Los seguidores de César no querían celebrar una cebolla. Los de Maribel tampoco podían presumir de su plato sin admitir que les había gustado uno sincebollista. Adela aprovechó la confusión para proponer un tercer desempate.

Yo me negué. Recordé que era sustituto y pregunté si la presidencia del jurado tenía voto de calidad. Adela revisó la primera página: el maestro con dolor de muelas figuraba como presidente; yo ocupaba su puesto con todas sus funciones. Acababa de obtener el poder que menos necesitaba a cuarenta horas de un examen.

Pedí una porción de cada finalista. Estaban frías. Probé primero la de César y después la de Maribel. Ambas seguían buenas, pero ningún sabor justificaba enfrentarme a medio pueblo ni regalar otra hora de estudio.

Declaré que el empate se mantenía. Adela respondió que solo había una copa. César, acostumbrado a cortar tuberías, fue a su furgoneta y regresó con una sierra. Maribel sostuvo el trofeo sobre una tabla mientras él lo dividía por el centro. Cada cual recibió media base, medio cáliz y una de las dos asas.

El acta final, cerrada a las 15:47, proclamó campeones conjuntos a un sincebollista que había usado cebolla y a una cebollista que había prescindido de ella. Firmé debajo de Adela y corrí a estudiar. El lunes apareció una pregunta sobre separación de mezclas y, debajo de la respuesta de manual, escribí: «Para la cebolla, consulte el acta de Peñaclara».