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Relato · Del catálogo de Margen

Inés bloquea 11 minutos de sol a las 12:43

A las 12:43 del 8 de diciembre de 2031, Inés Valcárcel, técnica municipal encargada de los heliostatos, bloqueó la venta de once minutos de sol. La puja brillaba en rojo sobre su tableta y Andrés Montalvo, dueño del bar de la plaza, levantaba el móvil entre veinte vecinos. La mancha luminosa ya rozaba la primera mesa de su terraza.

—Doscientos cuarenta euros —anunció Andrés.

La cantidad apareció en la pantalla del ayuntamiento. Inés pulsó SUSPENDER antes de que acabaran los diez segundos reglamentarios. Un gemido colectivo cruzó la plaza de Valdebruna, pueblo encajado bajo la ladera norte del monte. El sol desaparecía tras la cresta entre noviembre y febrero, aunque el cielo permaneciera limpio.

Tres heliostatos, espejos orientables de gran tamaño, ocupaban desde hacía dos inviernos la cresta opuesta. Cada uno seguía el recorrido solar mediante un motor y enviaba el reflejo hacia el casco urbano. Juntos formaban una mancha de unos doscientos metros cuadrados, superficie parecida a dos pisos medianos, que podía desplazarse por la plaza sin tocar las ventanas.

Inés manejaba la orientación desde una consola instalada en el antiguo consultorio. Defendía el sorteo semanal porque el proyecto se había aprobado con una condición: cada vecino recibiría la misma posibilidad de disfrutar la luz. Andrés quería asegurar todas las franjas del mediodía para llenar su terraza durante el trimestre más flojo.

La primera semana de noviembre, el sistema había adjudicado veintiocho minutos a cada ganador. Después llegaron veintidós. A finales de mes habían bajado a diecisiete porque el monte recortaba cada vez más el recorrido útil. Aquella semana de diciembre solo entraban once minutos por papeleta.

La reducción había cambiado el comportamiento del pueblo. Con veintiocho minutos, una familia colocaba dos sillas en la plaza y aún le sobraba tiempo para llamar a otra. Con once, cada segundo adquiría propietario. Los turnos se consultaban en una pantalla pública que indicaba el nombre, la coordenada y la duración restante.

Al principio se permitieron permutas gratuitas. Una vecina cedía el martes a cambio de un sábado; el taller cambiaba una franja de mañana por otra cercana al cierre. Después apareció una opción de puja diseñada para quienes no pudieran usar su turno. El dinero quedaba registrado y el ayuntamiento retenía una pequeña tasa de mantenimiento.

Andrés fue el primero que entendió el negocio completo. Compró tres turnos sueltos para la terraza de La Brújula, bar situado frente a la fuente, y comprobó que las mesas iluminadas se ocupaban antes. A la semana siguiente adquirió siete. En diciembre ya controlaba treinta y nueve minutos alrededor del mediodía, repartidos entre días distintos.

No obligaba a vender a nadie. Ofrecía veinte euros por una franja que muchos jubilados no pensaban usar y subía cuando aparecía competencia. También aceptaba cambios: desayunos durante un mes por ocho minutos; una comida familiar por quince. La aplicación municipal mostraba el resultado, pero no el dibujo acumulado.

Inés sí veía el dibujo. En su consola, las franjas compradas por Andrés componían una línea amarilla alrededor de la terraza. Si seguía creciendo, la plaza conservaría un sorteo nominal mientras la mejor zona acababa controlada por un solo negocio.

Los once minutos suspendidos pertenecían a Eusebia Roda, vecina que atendía un pequeño gallinero en las afueras. Había sacado el turno de las 12:43 y lo puso en venta porque a esa hora esperaba al veterinario. El precio inicial era de doce euros. Dos compradores pujaron hasta treinta y seis; Andrés saltó directamente a doscientos cuarenta.

—La aplicación permite pujar —dijo él, guardando el móvil—. No puedes detenerla porque no te guste el precio.

Inés bajó a la plaza con la tableta apretada contra el abrigo. La mancha avanzaba siguiendo el programa de aquel día. Cruzó un banco y trepó por el borde de la fuente antes de alcanzar las mesas. En la pantalla pública quedaban cuatro minutos del turno anterior.

—Puedo detener una operación por concentración anómala —respondió—. Artículo siete.

—Concentración anómala sería que comprara el espejo. Estoy comprando tiempo.

Andrés había colocado nueve mesas dentro del rectángulo marcado con cinta dorada. Las de fuera estaban plegadas. Su objetivo era enlazar los turnos suficientes para servir comidas bajo el reflejo, sin trasladar la terraza cada pocos minutos. Había diseñado incluso un menú llamado Sol de Invierno, servido únicamente mientras el contador estuviera activo.

—Has comprado minutos a cuarenta y tres personas —dijo Inés.

—A cuarenta y tres personas que querían venderlos.

La pantalla llegó a cero. Los motores de la cresta emitieron la orden siguiente y la mancha se movió dos metros hacia la farmacia. Los clientes recogieron sus vasos con práctica adquirida. Andrés observó las mesas apagadas y señaló la puja detenida.

—Eusebia quiere el dinero. Yo quiero el turno. El ayuntamiento quiere su tasa. ¿Quién pierde?

Inés abrió el mapa de adjudicaciones. Durante la instalación había calculado trayectorias para que el reflejo no calentara dos veces el mismo cristal. Ahora debía calcular otra clase de trayectoria: la seguida por los minutos después del sorteo.

—Pierde quien gana un martes a las nueve y descubre que el sábado al mediodía ya tiene dueño fijo.

—Entonces sortead dinero, no sol.

La frase provocó unas risas breves. Andrés aprovechó para mostrar en su móvil los contratos aceptados. Ninguno superaba el máximo semanal por vendedor. Ninguna compra individual infringía el reglamento. La concentración solo existía cuando Inés las sumaba.

Eusebia apareció desde la calle del lavadero con botas de goma. Preguntó por qué habían congelado su venta. Al conocer la cifra, abrió mucho los ojos: doscientos cuarenta euros equivalían a varias semanas de pienso para sus gallinas. Quería aceptar y no mostraba interés por el debate municipal.

Inés no podía defender el reparto cargando el coste sobre ella. Reactivó la puja, pero añadió una condición prevista para incidencias: el comprador debía declarar el uso de la franja antes de confirmar. Andrés escribió TERRAZA y volvió a ofrecer la misma cantidad.

Entonces la otra persona que pujaba elevó la cifra a doscientos cincuenta.

La plaza buscó al rival. El perfil pertenecía a Cooperativa Umbría, agrupación creada aquella misma mañana. Catorce vecinos habían reunido dinero para comprar turnos y mantenerlos abiertos al uso común. Su representante levantó una tarjeta azul desde el banco de la farmacia.

Andrés ofreció trescientos. La cooperativa respondió con trescientos diez. El contador bajó de diez a cuatro mientras la mancha regresaba hacia la fuente para iniciar otro turno. Inés vio en su mapa dos colores crecer alrededor del mismo rectángulo: el amarillo privado y el azul colectivo.

A tres segundos del cierre, Andrés escribió quinientos euros. Eusebia soltó una carcajada y pidió que nadie tocara nada. La cooperativa no tenía más fondos. Varias manos bajaron a la vez.

El contador llegó a cero, la aplicación pasó a adjudicar y, en vez de confirmar, escupió un rechazo.

Andrés miró a Inés. Ella amplió el mensaje: LÍMITE DE CONCENTRACIÓN SUPERADO. El artículo siete no prohibía comprar muchas franjas, pero el programa original impedía que una misma cuenta controlara más del cuarenta por ciento de los minutos útiles de una semana, y la comprobación se hacía al adjudicar, no al pujar. Las ofertas de la tarde habían muerto antes de ganar; la de quinientos fue la primera de Andrés que llegó viva al cierre, y al ir a ganar, el programa la midió. Nadie había alcanzado el límite hasta entonces.

—Lo repartiré entre las cuentas de mis camareros —dijo Andrés.

—Trabajan para el mismo uso declarado.

—Crearé una cooperativa.

—Ya te han ganado el nombre.

El turno de Eusebia quedó sin comprador porque la oferta anterior de la cooperativa también había caducado. La norma obligaba a devolverlo al sorteo inmediato. Inés acercó la tableta a la pantalla pública y confirmó la devolución mientras la franja luminosa tocaba la pata de la primera mesa.

Ciento seis vecinos recibieron la alerta. Los móviles fueron encendiéndose alrededor de la plaza. Andrés alzó el suyo dispuesto a entrar en el nuevo sorteo, pero el sistema dejaba fuera una semana a las cuentas cuya última adjudicación hubiera sido rechazada por concentración.

Inés orientó el espejo central seis grados hacia la zona libre marcada junto a la fuente. Los once minutos reaparecieron en verde, disponibles para una papeleta nueva. Miró al dueño del bar y dijo en voz alta:

—Los once minutos de las 12:43 vuelven al bombo, Andrés.