
Te duchas con agua fría a las once de la noche creyendo que así te enfrías para dormir, y consigues lo contrario. El frío cierra los vasos de las manos y de los pies para proteger el centro del cuerpo: la piel se te queda helada y el calor de dentro no sale a ninguna parte. Con agua a cuarenta y dos grados pasa justo al revés. Los vasos se abren, manos y pies se convierten en dos radiadores y el calor del núcleo se marcha por ahí durante la hora siguiente.
Eso importa porque la señal de dormir es térmica: coges el sueño cuando la temperatura interna baja unas décimas. Una revisión de la Universidad de Texas en Austin publicada en 2019 reunió los ensayos que había sobre baños y duchas calientes antes de acostarse, y salió el mismo patrón una y otra vez: diez minutos en agua de cuarenta a cuarenta y dos grados y medio, entre una y dos horas antes de meterse en la cama, adelantaban el sueño unos diez minutos.
La hora es la parte que casi todo el mundo falla. Calcula a qué hora quieres estar dormido, réstale dos, dúchate diez minutos con el agua bien caliente y luego ponte a hacer otra cosa: la bajada llega sola.