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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Donó un riñón a un desconocido y salieron 30 trasplantes

El 15 de agosto de 2011, Rick Ruzzamenti entró en el Riverside Community Hospital, en California, y dejó que le sacaran el riñón izquierdo para dárselo a una persona a la que no conocía y a la que no iba a conocer nunca. Tenía cuarenta y cuatro años.

La idea no fue suya. Unos meses antes, la recepcionista del estudio de yoga al que iba le había contado, como se cuenta cualquier cosa en un mostrador, que ella había dado un riñón a una amiga enferma con la que se había cruzado por casualidad en unos grandes almacenes. Ruzzamenti preguntó cómo se hacía eso. Después preguntó si se podía hacer sin conocer al enfermo. Y luego lo hizo.

Un riñón así, que no va dirigido a nadie en concreto, plantea un problema de aritmética antes que de cirugía. La respuesta fácil sería dárselo al primero de la lista de espera, y entonces la historia acabaría aquí, con una persona sana y otra curada. No acabó aquí. Ese riñón arrancó una cadena que tardó cuatro meses en cerrarse, pasó por diecisiete hospitales de once estados distintos y terminó en diciembre, en un quirófano de los alrededores de Chicago, con treinta riñones trasplantados y sesenta personas operadas.

La mayoría de la gente que necesita un riñón tiene a alguien dispuesto a darle uno. Un hermano, una mujer, un hijo, un amigo de toda la vida. El problema es que querer no basta: hay que ser compatible. El grupo sanguíneo tiene que encajar y, sobre todo, el receptor no puede llevar en la sangre anticuerpos contra el tejido del donante, porque entonces el riñón se rechaza en cuestión de horas. Una parte muy grande de los donantes vivos voluntarios se cae justo ahí, en los análisis, cuando ya se habían hecho a la idea. Se quedan las dos personas en la misma posición en que estaban, con la diferencia de que ahora saben exactamente de qué se han quedado a un paso.

De esa frustración sale la idea del intercambio. La propuso el cirujano Felix Rapaport, de la Universidad de Stony Brook, en un artículo de 1986: si la pareja A no encaja y la pareja B tampoco, puede ocurrir que el donante de A sea compatible con el enfermo de B y el donante de B lo sea con el enfermo de A. Se cruzan y los dos se salvan. Los primeros intercambios los hicieron cirujanos coreanos en 1991; en Estados Unidos tardaron casi una década más en atreverse.

Con tres parejas se puede hacer un triángulo, y con cuatro un cuadrado. Y ahí se atasca, y el motivo es de calendario. Un intercambio cerrado hay que hacerlo todo a la vez. Imagina un círculo de cuatro parejas en el que las operaciones se van repartiendo a lo largo de dos semanas: en cuanto el enfermo de la primera pareja recibe su riñón, su donante ya no tiene nada que ganar y sí un quirófano al que entrar. Si se arrepiente —y tiene derecho a arrepentirse hasta el último minuto— los que vienen detrás se quedan sin nada y con la ofensa añadida de haber cumplido. Para que eso no pase, el círculo se opera entero la misma mañana: ocho personas y ocho quirófanos funcionando a la vez, con sus equipos y sus anestesias. Un hospital grande puede organizar eso con tres o cuatro parejas. Con doce no puede nadie.

El desatasco llegó en 2007. Michael Rees, cirujano de trasplantes del hospital universitario de Toledo, en Ohio, se dio cuenta de que el problema desaparece si la cadena empieza con un regalo en vez de con un trueque. Si el primer riñón lo pone alguien que no pide nada a cambio —un donante altruista, alguien como Ruzzamenti—, entonces en todo momento la cadena ha dado un riñón más de los que ha recibido. Siempre va por delante. Y cuando vas por delante no necesitas simultaneidad: puedes operar el lunes al enfermo de la primera pareja y dejar a su donante en espera, sabiendo que ese donante le debe un riñón a la cadena y lo entregará cuando aparezca el receptor adecuado, tres semanas o tres meses después.

Esa persona que espera con la deuda viva tiene nombre propio en la jerga: donante puente. Es la figura sobre la que se sostiene todo, y también el único punto por donde la cadena se puede romper. Si un donante puente se echa atrás, la cadena se detiene. Pero el enfermo de su familia ya tiene su riñón, y los que venían detrás siguen exactamente donde estaban, esperando como esperaban antes. La cadena se para y no se lleva a nadie por delante. Rees publicó la primera de estas cadenas en el New England Journal of Medicine en 2009: diez trasplantes a partir de un solo hombre que entró a dar un riñón sin conocer a nadie.

Faltaba la fontanería. Una cadena larga no la puede llevar un hospital: hace falta un censo nacional de parejas incompatibles, un programa que busque entre todas ellas los encajes posibles, y hospitales que acepten operar según un protocolo que no es el suyo. Eso es el National Kidney Registry, que Garet Hil montó a finales de 2007 por el motivo de siempre. A su hija, de diez años, le habían encontrado una enfermedad renal en febrero de aquel año; él compartía grupo sanguíneo y se ofreció, y dos días antes de la operación los médicos la cancelaron porque la niña había desarrollado anticuerpos contra él. Hil, que venía del mundo de la empresa, metió el problema en un ordenador y empezó a cruzar listas.

Suena a mercado y no lo es: en Estados Unidos vender un órgano es delito desde la ley de trasplantes de 1984, y en una cadena no cambia de manos un solo dólar. Tanto se parecía a un trueque que en 2007 el Congreso tuvo que aclarar por escrito que los intercambios de parejas no infringen esa ley. Lo que se mueve es el puesto en la cola. Tú das un riñón hoy y alguien de tu familia sube de golpe al principio de una lista en la que llevaba cuatro años.

El registro llamó a aquella cadena la 124. El riñón de Ruzzamenti salió de California aquella misma noche del 15 de agosto, en un vuelo de madrugada de Los Ángeles a Newark, en una caja con hielo que viajó acompañada. El enfermo que lo recibió tenía un familiar dispuesto a donar que no le servía a él, y ese familiar entregó el suyo unos días más tarde a un desconocido de otro estado. El familiar de aquel hizo lo mismo. Y así treinta veces, saltando de hospital en hospital durante cuatro meses, con varios donantes puente aguantando semanas con su deuda viva y sin más garantía que un correo electrónico y una fecha aproximada.

La última operación se hizo el 20 de diciembre de 2011 en el Loyola University Medical Center, a las afueras de Chicago. El riñón fue para Don Terry Jr., de Joliet, Illinois, que llevaba casi un año de diálisis: tres sesiones por semana, cerca de cuatro horas cada una, unas seiscientas horas al año enganchado a una máquina que hace a mano el trabajo de dos órganos del tamaño de un puño.

Y la cadena acabó ahí porque alguien decidió que acabara: el registro elige el momento de cerrar y coloca a propósito el último riñón en un enfermo que no trae ningún donante detrás. La 124 se cerró en Loyola porque Loyola había aportado antes un donante altruista, así que allí el círculo quedaba cuadrado. Entraron treinta riñones y salieron treinta enfermos operados.

Ruzzamenti volvió a Riverside con un riñón menos y siguió yendo a su clase de yoga. De los veintinueve que vinieron detrás de él no supo los nombres hasta que los publicó un periódico, cuatro años después, y la cadena que arrancó aquel 15 de agosto fue la más larga que se había completado hasta entonces.