← Todas las lecturas

Relato · Del catálogo de Margen

Suben cuarenta y una truchas en nueve minutos y ninguna más

2 de noviembre, lunes. 18:40.

Primera noche en el azud de Zubielqui, el muro de dos metros y medio que cruza el río desde 1954. Atornillo la cámara de conteo en la boca de abajo de la escala de peces —la escalera de pilones sucesivos por la que la trucha debería subir el salto—, justo encima del vano de entrada, que es por donde el pez mete el morro si lo encuentra. Disparo por infrarrojos, tarjeta nueva, quince noches de campaña.

Me llamo Maialen Zabaleta y el encargo cabe en una frase: decir si la escala que se construyó aquí el año pasado por ciento ochenta mil euros sirve para que suba el pez o no sirve. Son dieciocho pilones seguidos y está impecable. Es el modelo que la Confederación Hidrográfica, el organismo que gestiona el río, quiere repetir en nueve azudes más de la cuenca. Por eso me han mandado a mí y no a un becario.

19:10. Uxue Arregui, guarda fluvial del tramo, veintinueve años, sube conmigo a dejar el coche.

—¿Cuántas esperas?

—En una escala que funcione, ciento cincuenta en quince noches.

—Yo llevo tres otoños mirando la poza de abajo y te digo las que suben: ninguna. —Para el motor sin apagar las luces—. Y lo escribí. Parte de septiembre del año pasado, con fotos. Me contestaron que la escala era nueva y estaba homologada y que lo que yo veía eran peces esperando una crecida.

—¿Y qué quieres que ponga yo?

—Que la escala no sirve. Llevo tres años siendo la chica que no entiende de hidráulica.

4 de noviembre. Conteo: 0.

Bajo a la poza a las siete de la mañana con las gafas polarizadas, que son las que cortan el brillo del agua y dejan ver el fondo. Cincuenta o sesenta truchas adultas, de tres y cuatro años, quietas de morro contra la corriente a unos setenta metros por debajo del azud. Están donde Uxue dice que están todos los otoños. Lo raro es que ni lo intenten: una trucha que quiere subir un muro se tira contra el muro, y estas no se mueven de ahí.

5 de noviembre. Conteo: 0.

Teodoro Irisarri, cuarenta y siete años, lleva la minicentral de Zubielqui, que es el edificio de ladrillo de la otra orilla y turbina el agua del azud para hacer electricidad. Me enseña la concesión enmarcada en la pared de la sala de máquinas: mil cuatrocientos litros por segundo. La escala se queda con ciento ochenta, que es el caudal de llamada, el chorro que tiene que salir por la boca de abajo para que el pez la encuentre.

—Ciento ochenta están saliendo —dice—. Mídalos usted si quiere.

Los mido. Salen ciento ochenta y dos.

7 de noviembre. Conteo: 0.

Empiezo a desconfiar de la cámara. La pruebo a mano al mediodía, metiendo una pértiga por el vano: dispara. Esa noche entra una anguila a las 23:40 y la coge entera, los cuarenta centímetros. No es la cámara.

9 de noviembre. Conteo: 0.

Llueve desde la tarde del 8 y el río sube nueve centímetros. Un repunte de caudal es la señal que dispara la remonta: todos los manuales dicen que después de una crecida pequeña suben en masa. No sube nada. Escribo en el cuaderno la primera frase del informe que no quiero escribir: «La escala no es funcional.»

13 de noviembre. Conteo: 0.

Correo del área a las 9:02 pidiendo una conclusión preliminar para el día 20, porque los nueve azudes van a concurso en diciembre. Contesto que todavía tengo tres noches. Lo que no escribo es lo otro: que si firmo que no funciona, no se construye ninguno de los nueve, y que llevo diez días viendo sesenta truchas dar vueltas en una poza a setenta metros de una escalera perfecta.

15 de noviembre. Conteo: 0. Decimotercera noche.

16 de noviembre. Conteo: 41.

Me lo dice el visor a las siete y diez de la mañana, en la furgoneta, antes de que haya desayunado. Cuarenta y una truchas entrando por el vano de abajo. Todas en la misma ventana: la primera a las 02:14:36 y la última a las 02:23:09. Nueve minutos. Antes de las 02:14, nada. Después de las 02:23, nada. Ni una en las otras veintitrés horas y cincuenta y un minutos del día.

Cuarenta y una truchas entraron en fila por una puerta que llevaba trece noches abierta y por la que no había pasado ninguna.

17 de noviembre. Conteo: 0.

Paso el día entero con los fotogramas. Temperatura del agua esa noche: 8,4 grados, la misma que la del 14. Caudal: idéntico. Luna: no había. Lluvia: no. Presión: estable. No hay nada en mis datos que separe la noche del 15 de la noche del 16 excepto esos nueve minutos.

A las cinco de la tarde bajo a la poza con Uxue y le pregunto lo único que se me ocurre preguntar.

—¿Qué pasa aquí a las dos de la mañana?

—Nada. A las dos de la mañana aquí no hay nadie.

—¿Y en la central?

Uxue se queda mirando el edificio de ladrillo de la otra orilla.

—En la central hay alguien siempre. Y antes de que subas, dime una cosa: si resulta que la escala funciona, mi parte de septiembre queda de adorno.

18 de noviembre, 08:30.

Teodoro Irisarri me abre con el café en la mano y no se sorprende de verme. Le pido el registro del grupo: la hoja donde la máquina apunta cuándo arranca y cuándo para. Me lo imprime sin discutir. Y ahí está, todos los días del año, sin faltar uno: parada a las 02:03, arranque a las 02:26. Veintitrés minutos.

—Es la limpieza de la reja —dice. La reja es la rejilla que tiene delante de la toma para que no le entren palos en la turbina, y se ciega de hoja en otoño—. Si no la limpio de madrugada, a las seis me he quedado sin producción y la hoja ya no se despega. Y mientras la limpio, el grupo está parado y por el canal de descarga no sale ni un litro.

Lo entiendo ahí de pie, con la hoja en la mano, y es tan tonto que me da vergüenza no haberlo visto el día 4. La trucha sube buscando corriente, y cuando la central turbina, los mil cuatrocientos litros por segundo salen setenta metros más abajo, justo en la poza. Al lado de eso, los ciento ochenta de mi escala no existen. Y cuadran hasta los once minutos que van de su parada a mi primer pez: el canal de descarga tarda un rato largo en dejar de empujar, y después una trucha todavía tiene que recorrer setenta metros de río averiguando de dónde viene ahora el agua.

—Usted sabía esto.

—Yo sé que suben cuando paro. Lo he visto cuarenta veces desde la pasarela con la linterna, y la primera fue de pura casualidad, un noviembre que se me fue la mano con la hora.

—¿Y por qué no se lo ha dicho a nadie?

—Porque el día que eso esté escrito en un papel suyo, a mí me meten una parada obligatoria en la concesión. Y una parada obligatoria son horas de turbina que yo no decido. —Deja el café—. A mí el pez no me ha hecho nada, señora. Lo que me van a meter en la concesión es una parada obligatoria, y eso son horas.

19 de noviembre. Conteo: 29.

Uxue no se cree los cuarenta y uno y tiene razón en no creérselos: una noche no es nada. Es ella la que pide la prueba, y la pide difícil, a una hora que no sea la de siempre, para que no valga la casualidad. Teodoro para el grupo a las 23:00 en punto. A las 23:09 entra la primera, dos minutos antes que la otra noche porque llevaba media hora lloviendo y el río iba con más fuerza. En ocho minutos pasan veintinueve truchas por el vano.

Uxue lo ve conmigo desde la pasarela, con la linterna apagada, y espera a que arranque otra vez la turbina para hablar.

—Veintinueve en ocho minutos. Eso son casi cuatro por minuto.

—Tres coma seis.

—Entonces mi parte estaba mal.

—Tu parte decía que setenta peces se quedan abajo todos los otoños. Eso llevaba tres años siendo verdad y sigue siéndolo veintitrés minutos menos al día.

20 de noviembre. Informe.

Escribo que la escala de Zubielqui es funcional y que su rendimiento depende por completo del caudal de la descarga de la central; que los nueve azudes del concurso necesitan, además de la obra, una ventana diaria de parada; y que esa ventana, en este río, está durando veintitrés minutos y la decide un hombre con una hoja de registro. En el anexo meto el parte de Uxue Arregui de septiembre del año pasado, con sus fotos y su fecha.

Se lo leo a Teodoro en la sala de máquinas antes de mandarlo, porque me parece que tengo que leérselo. Escucha de pie, con los brazos cruzados.

—Póngalo con la hora exacta: las dos y tres. Y ponga que la paro yo. Pero escriba también, en la misma línea, que llevo doce años parándola y que usted es la primera que ha venido a preguntarme por qué.