Creemos que el aburrimiento es la ausencia de algo. En realidad es una señal: tu mente, sin estímulo que masticar, empieza a fabricar el suyo propio.
Por eso las mejores ideas llegan en la ducha, en la cola del súper, en el trayecto que ya conoces de memoria. No es magia. Es un cerebro que, al no tener nada que consumir, se pone a producir.
Lo inquietante es lo bien que hemos aprendido a taparlo. Cada segundo muerto tiene ahora una pantalla que lo rellena. Y con cada hueco que tapamos, apagamos una pequeña fábrica.
Quizá aburrirse no sea perder el tiempo. Quizá sea el único momento en que el tiempo por fin es tuyo.