Le presté un paraguas a un desconocido bajo el aguacero y le dije, sin pensarlo, que me lo devolviera cuando dejara de llover. De eso hace once años.
Él se rió, entendiendo la broma, y desapareció calle abajo bajo mi paraguas negro, el bueno, el que me había regalado alguien que ya no está. Me quedé mojándome en el portal, viendo cómo la lluvia lo tragaba, y sentí una alegría absurda, desmedida, como si hubiera hecho algo importante.
Durante años lo conté como una anécdota. La vez que regalé un paraguas y una frase tonta. Pero con el tiempo la frase dejó de ser tonta. Nunca deja de llover del todo. En alguna parte, siempre, cae agua sobre alguien. Eso significa que mi paraguas sigue en préstamo, que la deuda no ha vencido, que en algún punto de esta ciudad o de otra hay un hombre que a veces piensa, al abrirlo, que debería devolverlo, y que no sabe dónde.
Me gusta pensar que él también lo presta cuando ve a alguien empapado. Que mi paraguas viaja de mano en mano, siempre debido, siempre a punto de volver. Que hice, sin querer, una cadena de gente que se protege mutuamente de una tormenta que no termina.
Cada vez que llueve salgo sin paraguas. Es mi manera de mantener abierta la posibilidad de que un desconocido, algún día, me preste el suyo, y me diga que se lo devuelva cuando escampe. Y que yo también me ría. Y que tampoco lo devuelva nunca.