Por capítulos · Las recetas del doctor Sagasti · Del catálogo de Margen
Las cajas que nunca llegaron al contenedor

Antes: alguien firma en Valdecierzo con la firma auténtica del doctor Sagasti, muerto en 2024. El Colegio dio los talonarios por destruidos. Quedan once días.
Balbina Ochandiano, ganadera jubilada de ochenta y cuatro años, dejó la caja de digoxina boca arriba en el mostrador a las nueve y diez, para que se viera el lote.
—Esta me ha durado hasta el miércoles —dijo—. La de antes me llegaba al viernes. Y yo no me las tomo a puñados.
—Le cambiaron el envase en junio. —Águeda Mendioroz, farmacéutica titular de la única botica del pueblo, giró la caja y copió el número en un papel—. Ahora trae veintiocho comprimidos; antes traía treinta. Dos días menos cada mes.
—Pues avise usted a quien haya que avisar.
—Está avisado desde julio. Venga el jueves y le doy el pastillero hecho.
Balbina se apoyó en el bastón nuevo, que le disgusta porque repica en las losas, y salió sin comprar nada más. Vive sola en el barrio alto desde que enviudó, en una casa con dos tramos de escalera, y Simón Goñi, el panadero, le sube el pan los jueves.
Águeda echó el pestillo del mostrador y sacó la carpeta azul del segundo cajón de la trastienda. Treinta y una recetas firmadas por un médico que murió en marzo de 2024. Tres días antes había mandado a la gerencia del área el listado que le pedían, certificado y con acuse, y en el mismo sobre había pedido ella una cosa concreta: el detalle del parte de destrucción de los talonarios del doctor.
Mientras esperaba respuesta copió las treinta y una en una hoja cuadriculada, por orden de fecha. Luego las copió otra vez por nombre, porque escribiendo a mano se ven cosas que en la pantalla pasan de largo. Al terminar la segunda hoja contó los nombres distintos.
Once.
Celedonio Baraibar, ex esquilador, cinco recetas. Balbina Ochandiano, cuatro. Anselma Redín, maestra jubilada, cuatro. Once nombres para treinta y una recetas, y todas renovaciones de lo mismo —el anticoagulante, la digoxina, la insulina de Anselma— cada tres o cuatro semanas. Ni un solo medicamento nuevo en dos años.
Al lado de cada nombre apuntó el año de nacimiento. Los tenía a mano en el fichero de dispensación, porque la farmacia prepara los pastilleros semanales de media docena de casas del pueblo. El más joven de los once era de 1951. El mayor, de 1938.
Ninguno tenía menos de setenta y cinco años.
Añadió una tercera columna con el bolígrafo rojo de marcar precios: quién vive con quién. Anselma, sola desde que se llevaron a su hermano a la residencia de Tafalla. Celedonio, solo. Balbina, sola. Bajó la lista entera con el dedo y no tuvo que escribir otra cosa ni una vez.
Once nombres. Once casas de una sola persona.
Anselma Redín pasa por la farmacia el primer lunes de cada mes y siempre pregunta lo mismo: si le van a subir de precio la insulina. Águeda le lleva el pastillero desde el invierno y tiene apuntadas esas casas en el libro de reparto, con una letra pequeña al margen que dice a qué hora conviene llamar antes de subir. Las once están en ese libro. Ninguna de las otras treinta y tantas.
En Valdecierzo hay cuarenta y tantos crónicos con receta electrónica y más de la mitad vive acompañada: matrimonios que se han hecho viejos juntos, un hijo que se quedó con la finca, una nuera que baja a por las medicinas de los dos. En la carpeta azul no había ninguno de esos. Quien firmaba esas recetas no las repartía al azar por el pueblo: escogía casa por casa, y escogía siempre la misma clase de casa.
Águeda subrayó la columna dos veces y se quedó con el bolígrafo levantado hasta que entró un chaval a por tiritas.
Marcial Beloki, técnico de facturación de la gerencia del área de salud, llamó a las doce y cuarenta al fijo de la trastienda, con el expediente abierto delante.
—Tengo aquí dos papeles y le adelanto que no dicen lo mismo —empezó—. El primero es el acta de retirada de material del consultorio, 12 de abril de 2024. Relación de lo que se saca, firma del secretario, recibí. Dos talonarios de recetas oficiales, con sus seriales.
—Ese lo he visto yo —dijo Águeda—. Está colgado en la consulta, en la pared del fondo.
—Pues ese es el que cerró el expediente. Cuando usted me preguntó el otro día, yo miré aquí dentro, vi el acta con el recibí y le dije lo que pone el expediente: retirados y destruidos.
—¿Y el sello del centro? En el acta que está colgada en la consulta, el renglón del sello se quedó en blanco.
—Ahí no le puedo ayudar. En mi expediente no hay ningún sello, ni entrando ni saliendo. Y haberlo había, porque yo he visto papeles sellados de ese consultorio.
—¿Y el segundo papel?
Marcial tardó un momento. Se le oyó pasar hojas.
—El segundo es el albarán del gestor de residuos sanitarios, la empresa que hace la ruta con la furgoneta. Recogida del 18 de abril de 2024, parada de Valdecierzo. En el renglón de observaciones, escrito a bolígrafo por el conductor: sin material.
—Sin material.
—Sin material. La furgoneta paró en el consultorio, alguien le firmó la hoja de ruta y se fue sin llevarse nada. Y el certificado de destrucción que tengo en el expediente es el de esa ruta, pero va por lotes y por peso: no lista seriales. En dos años nadie cruzó un papel con el otro, porque el acta traía recibí, y un recibí firmado cierra un expediente.
—¿Y ahora qué hace usted con esto?
—Ahora abro una incidencia con lo del albarán, hoy mismo, y queda por escrito en el expediente. Se lo digo para que no le pille de nuevas. Lo que usted tiene en esa carpeta ya no es una firma rara de un muerto: son dos talonarios oficiales que constan quemados y no lo están.
Águeda ya tenía la carpeta azul abierta encima del cajón registrador.
—Marcial, léame los seriales del acta.
Se los leyó despacio, dos veces, ocho dígitos cada uno. Águeda los fue siguiendo con el dedo por la esquina superior de la primera receta, la de Celedonio, y por la del número veinte, y por la del veintiuno, que ya venía del segundo talonario.
Antes de colgar contó las hojas otra vez, por si el número había cambiado desde por la mañana. Treinta y una: veinte del primer serial y once del segundo. En algún sitio del pueblo quedaban nueve hojas en blanco.
Los dos talonarios que el Colegio da por quemados desde hace dos años están impresos treinta y una veces en la carpeta azul, encima de su mostrador. La furgoneta salió de Valdecierzo el 18 de abril con la hoja de ruta firmada y sin una sola caja dentro.