← Todas las lecturas

Por capítulos · Las recetas del doctor Sagasti · Del catálogo de Margen

Treinta y una firmas con la dosis exacta

Antes: Águeda, farmacéutica de Valdecierzo, recibió recetas del doctor Sagasti, muerto hace dos años. El calco dice que la firma es auténtica. Quedan trece días.

El miércoles, con trece días por delante y la persiana todavía a medio subir, Águeda Mendioroz vació la carpeta azul encima del mostrador de nogal y contó lo que llevaba dos años sin querer contar. Treinta recetas. Las ordenó por fecha, la más antigua arriba a la izquierda, la del martes abajo a la derecha, y el mostrador entero quedó cubierto de papel oficial, como un solitario al que le sobraran cartas.

Anotó la cuenta en el margen del calendario, debajo del 26 rodeado en rojo, y tachó el día de ayer. Es una costumbre nueva: desde que llegó la carta de Petra Aldunate, la inspectora de farmacia del área, Águeda apunta la fecha en la esquina de cada receta con lápiz blando y tacha los días que faltan, uno por noche, para que el miedo por lo menos lleve contabilidad.

Lo primero que hizo con las treinta fue lo mismo que había hecho el martes con cuatro: ponerlas al trasluz en el cristal de la rebotica, por parejas, la firma de una sobre la firma de otra. Se pasó la mañana en eso, entre cliente y cliente, con la lupa de contar gotas colgada del cuello. Y ahí estaba la primera respuesta, tan sencilla que daba rabia no haberla buscado antes. Las treinta firmas eran del doctor Sagasti —el arranque largo de la S, el punto de la i plantado lejos, el final que sube de un solo trazo—, pero ninguna caía exacta sobre ninguna. Esta S un pelo más ancha, aquel final un milímetro más corto, la de enero con el gancho más hondo que la de junio. Treinta hermanas, ninguna gemela.

Águeda se quitó la lupa y se quedó mirando el mostrador. Una firma calcada cae clavada sobre su modelo: por eso el martes, cuando puso la receta nueva sobre la de 2019 del archivo de su padre, el corazón le dio un aviso. Pero un calco repetido treinta veces habría dado treinta copias idénticas, y lo que tenía delante era lo contrario: variación viva, la de una mano que no copia un dibujo sino que escribe un nombre que le sale solo. Quien firma esas recetas no trabaja con papel cebolla en una ventana. Firma de corrido, con la firma del doctor metida en la muñeca, como se le mete a cualquiera la suya después de escribirla mil veces. Eso pedía años al lado de Sagasti. Eso, o ser Sagasti, y a Sagasti lo enterró medio pueblo.

La segunda respuesta se la dio su propio libro recetario, el registro encuadernado donde la farmacia apunta cada dispensación con su fecha. Cotejó las treinta pautas, nombre por nombre, contra lo que ella misma había ido sirviendo. No falló ni una. Y en dos casos no fallar era, en rigor, imposible. A Balbina Ochandiano, ganadera jubilada del barrio alto, Sagasti le dejó ajustada la digoxina en vida, y esa dosis seguía igual: bien. Pero a Celedonio Baraibar, que fue esquilador de media comarca y anda ahora con la pastilla de la sangre, el médico de área le bajó el anticoagulante en febrero, tras una analítica en el hospital comarcal, de un comprimido entero a tres cuartos. Sagasti llevaba entonces casi dos años muerto. La receta «suya» que llegó en marzo traía tres cuartos.

Antes de atarlas otra vez con la goma miró las fechas que ella misma había ido apuntando a lápiz en las esquinas. También ahí había un orden. Una receta cada tres o cuatro semanas, casi siempre en lunes; dos muy juntas en los octubres, cuando a los crónicos se les juntan las revisiones; y ni una sola en el agosto de hace dos años, el mes en que Águeda cerró quince días por la operación de cadera de su padre y dejó el cartel escrito con rotulador. Quien echa los sobres no receta al azar: lleva la cuenta de las cajas que se acaban, y sabe cuándo está la farmacia abierta para recibirlos.

Águeda cerró el libro recetario con el dedo dentro, marcando la página, y notó que le cambiaba la pregunta. Ya no era cómo puede un muerto firmar: eso quedaba respondido encima del mostrador. Firma una mano viva que aprendió la firma hasta hacerla suya, y esa mano no receta de oído: sabe lo que se decidió en una consulta a veintidós kilómetros, con historial delante, en febrero de este año. El muerto ponía el nombre. Alguien vivo ponía el cuidado.

A mediodía llamó a la gerencia del área y preguntó por Marcial Beloki, el técnico que lleva la facturación de recetas de la zona. Se conocen de los resúmenes trimestrales y de discutir descuadres de diez céntimos con la paciencia de dos relojeros. Águeda no le contó nada del muerto: le dictó, con voz de trámite, las numeraciones rojas de las esquinas, los seriales correlativos de los talonarios a los que pertenecían las treinta recetas. Una serie completa y el arranque de una segunda.

—¿Y esto a qué viene? —preguntó Marcial, con el teclado sonando detrás.

—Inventario. Me viene inspección el 26 y no quiero sorpresas.

—Pues sorpresa vas a tener igual —dijo él, y el teclado paró—. Esas series son del consultorio de Valdecierzo. Material del doctor Sagasti. Aquí me consta la baja del colegiado 31.0448 en marzo de 2024 y, mira, el parte de devolución del material oficial: talonarios, recibí de la gerencia, y destrucción certificada en abril de 2024. Firmado y archivado. Esos talonarios no existen, Águeda. Los trituraron hace dos años y medio.

Águeda le dio las gracias, quedó en mandarle el listado por escrito y colgó despacio, con la vista en el mostrador lleno de recetas escritas en papel triturado hace dos años y medio.

El listado lo hizo esa misma tarde, en la trastienda, con la letra de rellenar vales: treinta numeraciones en columna, y al lado, entre paréntesis, el talonario del que salía cada una. El dibujo era claro. Del primer talonario estaba todo: los números seguidos, de arriba abajo, sin saltarse uno, como quien gasta un cuaderno por orden y sin arrancar hojas. Del segundo, solo el principio. Y esa manera de gastar también decía algo: nadie que roba papel oficial para un apuro usa los números en fila durante dos años. Esa fila la hace alguien ordenado, alguien que guarda el talonario en un sitio fijo y lo abre por donde lo dejó, con la lamparita encendida y la casa cerrada. El parte decía destruidos. Las esquinas rojas decían aquí estamos. Alguien había firmado aquel recibí, o alguien había vaciado las cajas antes de que llegaran a la trituradora, y en cualquiera de los dos casos había en el pueblo un cajón con talonarios oficiales de un muerto, todavía a medio gastar. Apuntó la pregunta en el reverso del listado, con el lápiz blando: de dónde salen.

Por la tarde, a la hora en que el sol deja el mostrador y se sube a las estanterías, entró Balbina. Venía despacio, con el bastón nuevo que no le gusta y la rodilla protestando a cada escalón, y traía el monedero en una mano y un sobre en la otra.

—Te traigo dos cosas —dijo, y dejó el monedero—. La primera, lo mío del corazón, que se me acaba el viernes.

Águeda ya tenía la caja de digoxina sobre el mostrador antes de que acabara la frase. Mientras Balbina contaba monedas en el platillo, con la calma de quien ha vendido leche a granel toda la vida, Águeda le preguntó por la rodilla.

—La rodilla, mira. —Balbina se dio dos golpecitos en la pierna—. El jueves me sube Simón el pan y los papeles, y me ahorro la cuesta. Pero hoy tenía que bajar yo, porque lo tuyo no se le encarga a nadie.

Empujó entonces el sobre por el mostrador, con esos dedos anchos de haber ordeñado cuarenta años.

—Y la segunda, esto, que no es mío. Me lo dejó el cartero el jueves pasado entre el pienso y la revista de la caja rural, y yo con la rodilla no había bajado hasta hoy. Va para ti. Ábrelo, a ver si es algo de pagar, que entonces me vuelvo a mi buzón.

El sobre decía «Farmacia. Valdecierzo» a máquina, sin más señas. Sin remite, como todos. Águeda lo notó al cogerlo: el mismo gramaje que llevaba dos años apareciendo en su buzón de la persiana, echado a mano, sin sello, de madrugada. Solo que este no había ido a su buzón. Este se había equivocado de casa, y las cartas solo se equivocan de casa cuando viajan por correo.

Lo abrió allí mismo, con el cuchillo del precinto y con Balbina delante, porque esconderlo habría sido darle más importancia de la que un sobre debe tener en un mostrador. Dentro venía lo de siempre: papel oficial, tinta violeta, la letra apretada del muerto. Tres cuartos de comprimido, treinta días, Celedonio Baraibar. Y en la esquina, en rojo, el número siguiente de la segunda serie. Águeda lo sumó sin querer, como suma todo desde que llegó la carta: treinta y una.

Le dio la vuelta al sobre. Franqueo pegado con esmero, en la esquina exacta. Y encima del franqueo, redondo, con la tinta un poco harta de sí misma, el matasellos: VALDECIERZO, estafeta, con fecha del jueves anterior. La oficina postal del pueblo, la que abre dos horas por las mañanas en el bajo del ayuntamiento, a doscientos metros del mostrador donde Balbina esperaba su vuelta.

—¿Malas noticias? —preguntó Balbina, guardando la caja del corazón en el bolso.

—Correo del pueblo —dijo Águeda, y era verdad, y por eso mismo no era una respuesta entera.

Los otros sobres los echaba una mano de madrugada en el buzón de la persiana, sin sello, y podían venir andando de cualquier parte. Este había pasado por ventanilla como pasa todo el mundo, con su franqueo pagado y sin nombre en el remite. Águeda metió la receta de Celedonio en la carpeta azul —treinta y una firmas ya, ninguna gemela— y el sobre encima, y tachó otro día del calendario. El matasellos quedó mirando al techo del cajón: Valdecierzo, estafeta, jueves. Quien lo echó, lo echó en el pueblo.