
Soy Ramiro Cifuentes, delineante de lunes a viernes, y aquel domingo acabé de árbitro de alevines —niños de diez y once años— porque el titular no llegó. A las 8:45 tenía delante a catorce críos vestidos de corto para jugar a fútbol siete y a ninguna persona autorizada para dirigirlos. Detrás de la valla se juntaban unos cuarenta padres, y Chencho me puso en la mano un silbato de nueve euros que todavía llevaba la pegatina.
Chencho, mi cuñado, se pasa la semana desatascando tuberías y los domingos entrena al equipo local. Me llevó aparte con esa discreción que emplean los entrenadores cuando quieren pedirte una barbaridad delante de todo el pueblo. Dijo que el árbitro titular no respondía al teléfono, el otro equipo había viajado media hora y los niños no podían quedarse sin jugar. Antes de que yo contestara, me colgó el silbato del cuello.
Me dio dos instrucciones. La primera fue «pita todo lo que veas». La segunda, pronunciada sin cambiar de tono, fue «procura no parar mucho el partido». Le pregunté cómo podía cumplir ambas. Contestó que usara el sentido común, precisamente la herramienta que acababa de abandonar al aceptar. Yo había ido al campo porque soy cuñado del entrenador y me habían prometido café, no porque conociera el reglamento mejor que los presentes.
La primera dificultad fue el sorteo. Saqué una moneda de un euro, la lancé y la perdimos en la hierba. Los catorce jugadores se pusieron a buscarla con más entusiasmo que el que mostrarían luego al balón. Dos padres saltaron la valla para ayudar y Chencho me gritó que estaba perdiendo autoridad. Le recordé que también estaba perdiendo un euro. Al final, un niño encontró una chapa de refresco y decidimos que la cara pintada era cara y la oxidada era cruz.
El capitán visitante ganó y eligió campo. El capitán local preguntó si podía elegir la chapa. Se la guardó en el calcetín y yo di por terminado el primer conflicto arbitral de mi carrera. Todavía no habíamos empezado y Maribel ya había corregido dos de mis decisiones desde la valla. Maribel, la madre del lateral derecho, es procuradora: llevaba el reglamento impreso y lo manejaba con la seguridad de quien presenta escritos en el juzgado sin saltarse un plazo.
Pité el comienzo. Durante cinco minutos descubrí que un balón manejado por niños va más deprisa que un delineante de treinta y tantos con zapatos de paseo. Cada vez que me acercaba a una jugada, la pelota salía hacia el otro lado; si me quedaba en el centro, Chencho pedía que me moviera. Maribel citaba artículos. Un abuelo se limitaba a decir «mano» cada vez que alguien tocaba el balón con cualquier parte del cuerpo.
A los doce minutos pité mi primer fuera de juego. No existió. Lo pité porque el delantero visitante corría solo, Chencho levantó un brazo y cuatro padres gritaron a la vez. Yo hice sonar el silbato por compromiso, con tanta energía que hasta el niño se detuvo sorprendido. Maribel abrió el reglamento y me explicó desde la valla que el pase había salido de un defensa local.
Intenté conservar la dignidad preguntándole qué artículo era. Me respondió con número y apartado. Chencho, que había pedido el fuera de juego, me dijo entonces que no me dejara influir por el público. El entrenador visitante se acercó para protestar y acabó dándome la razón por pena. El delantero perjudicado no discutió: aprovechó la pausa para atarse un cordón y me preguntó si la chapa del sorteo tenía dueño.
El equipo local marcó cuatro goles antes del descanso. Con el 4-0, su portero se sentó apoyado en un poste. No lo hizo para burlarse de nadie; llevaba varios minutos sin tocar el balón y estaba cansado de permanecer de pie. Me acerqué y le dije que un portero no podía sentarse durante una jugada. Me preguntó en qué parte del reglamento aparecía eso. Miré hacia Maribel, pero por primera vez fingió estar hablando con otra madre.
Le pedí al portero que se levantara por seguridad. Lo hizo y, en la siguiente jugada, recibió el primer gol visitante. Chencho me preguntó por qué había desconcentrado a su guardameta. El niño vino a defenderme: dijo que sentado tampoco habría llegado. Aquella fue la única intervención de la mañana que recibió el asentimiento de los dos banquillos, los cuarenta padres y Maribel.
En el descanso apareció una sola bolsa de naranjas. Se suponía que era para el equipo local, pero alguien la dejó en mitad de los dos grupos y los niños empezaron a repartir gajos sin preguntar de qué camiseta era cada uno. Mientras ellos compartían la bolsa, los adultos discutíamos si el primer tiempo había durado veinticinco o veintisiete minutos. Yo confesé que había olvidado mirar la hora al comenzar.
Maribel dijo que el reglamento fijaba la duración. Chencho sostuvo que en partidos de pueblo mandaba el reloj del árbitro. Le enseñé mi muñeca: no llevaba reloj. El entrenador visitante propuso jugar otra media hora y marcharse a comer. Esa fue la primera decisión que tomamos por unanimidad. Antes de volver al campo, uno de los niños me ofreció el último gajo de naranja porque, según dijo, correr detrás de ellos también contaba como jugar.
La segunda parte fue mejor porque renuncié a fingir que lo controlaba todo. Cuando dudaba sobre quién había enviado el balón fuera, preguntaba a los dos niños más cercanos. Casi siempre coincidían. Cuando no coincidían, señalaba una dirección y ellos seguían jugando sin la conferencia jurídica que organizábamos los adultos. Maribel continuó recitando normas, pero empezó a hacerlo con una sonrisa que me pareció menos peligrosa.
El partido terminó 4-2. El portero local celebró el segundo gol visitante porque lo había parado primero y el rebote entró después. Chencho le explicó que aquello no era motivo de alegría. El niño contestó que era la primera parada que hacía en toda la mañana. Yo consideré que su argumento estaba mejor construido que cualquiera de los míos y pité el final antes de que un adulto pudiera recurrirlo.
Entonces apareció el acta del partido, doblada en cuatro en el bolsillo de Chencho, y nadie llevaba bolígrafo. Maribel me prestó uno y se quedó a mi lado para comprobar que escribiera los nombres, el resultado y las incidencias en las casillas correctas. Me pidió que no añadiera opiniones personales. Le dije que un delineante sabe respetar los márgenes y ella respondió que aquella mañana yo había respetado pocos.
Anoté el 4-2, firmaron los entrenadores y devolví el bolígrafo. Chencho me reclamó el silbato. Yo creía que me lo había regalado por los servicios prestados, pero aclaró que los nueve euros habían salido de la caja del club. Se lo entregué con la condición de que no volviera a llamarme para arbitrar. Guardó el silbato y me aseguró que el próximo domingo llegaría el titular.
Creí que la historia había terminado hasta que, esa misma tarde, Chencho llevó una copia del acta al bar. El dueño la enmarcó porque en el apartado de observaciones yo había desobedecido el último consejo de Maribel y escrito una frase que no correspondía a ningún formulario oficial.
En observaciones puse: «Partido sin incidentes; el único fuera de juego fue el árbitro».