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Relato · Del catálogo de Margen

A la cuarta, Fulgencio sube la cuesta del hospital

—Otra vez, Puri. Suelto el embrague y este coche se me muere en la cuesta.

—Freno pisado. Punto muerto. Arranca.

—Ya sé arrancar.

—En llano, sí. En esta pendiente llevas cuatro calados.

—Es mi cuarta clase práctica, no mi entierro. Dame por listo y el viernes ya me entenderé con el examinador.

—Llevas toda la vida en el tractor, Fulgencio Roa, y el secano no te ha suspendido nunca; pero yo no firmo que estás preparado si aquí retrocedes medio metro.

—Tengo setenta y cuatro años. Desde los dieciocho conduzco tractor por los caminos de la finca.

—Sin carnet y sin salir a carretera.

—No me hacía falta carretera para bajar un remolque cargado por una pendiente de tierra.

—Aquí no llevas un remolque ni estás solo en tu finca. Llevas mi doble mando debajo: si tu pie falla, piso yo. Y detrás puede venir otro vehículo.

—No viene nadie.

—Ahora. El viernes puede venir un camión. Pisa el embrague hasta el fondo.

—Lo estoy pisando.

—Y deja de apretar el volante con los diez dedos. No va a escaparse por arriba.

—La cuesta es mala.

—La cuesta es exactamente la del hospital.

—No es la misma.

—Misma inclinación, mismo cruce arriba. La he elegido por eso.

—La del hospital tiene más tráfico.

—Entonces esta debería parecerte fácil.

—No cuando tú cuentas cada vez que se cala.

—Cuento porque quieres que te dé por listo ya.

—El autobús pasa dos veces al día y a unas horas que no sirven. Llego cuando casi termina la visita o tengo que pasar la tarde entera allí.

—Los vecinos te llevan cuando pueden.

—Cuando pueden ellos, no cuando puede Consuelo.

—Explícame lo de Consuelo sin enfadarte con el coche.

—Consuelo es mi mujer. Le dio un ictus en marzo, está en Soria en rehabilitación desde entonces, y el médico dice que cada visita le conviene.

—¿Qué le llevaste ayer?

—Las gafas buenas. Las de la funda verde, porque con las otras no distingue las letras del libro.

—¿Y las ciruelas?

—Seis de la huerta. Maduras, pero no blandas. Me hizo dejar dos para la mujer de la cama de al lado.

—Eso son cosas que sabes hacer. Elegirlas, guardarlas y llegar con ellas enteras.

—Si me llevan. Anteayer esperé al hijo del herrero hasta las cinco. El lunes no pudo nadie.

—Por eso te has matriculado a los setenta y cuatro.

—Por eso necesito que me digas que estoy listo.

—Necesitas estar listo. No es lo mismo.

—Tres examinadores me han suspendido y ninguno me ha visto conducir un tractor.

—Cuéntame el primero.

—Se sentó detrás con una carpeta. Antes de salir ya me temblaba la pierna izquierda.

—¿Qué hiciste?

—Solté el embrague demasiado rápido. Calé al salir. Luego miré tanto el espejo que pisé una línea.

—¿El segundo?

—Tosió cuando iba a arrancar en cuesta. Pensé que me estaba avisando de un error, quité el pie y el coche cayó hacia atrás.

—¿Y el tercero?

—Me dijo «cuando quiera». Eso fue todo. Yo, que he bajado un remolque de grano con barro hasta los ejes, no encontraba la primera.

—Así que no suspendiste porque no supieras qué hace una máquina en una pendiente.

—Suspendí porque había un hombre detrás esperando que me equivocara.

—El examinador no espera eso.

—Mi pierna cree que sí.

—Tu pierna aprendió con un tractor. Vamos a hablarle en su idioma.

—Los tractores no se calan por mirar una carpeta.

—También se calan si sacas mal el embrague.

—El mío me avisa.

—¿Cómo?

—Cambia el sonido. Vibra el asiento. Notas que empieza a tirar antes de quitarle el freno.

—Eso quiero que busques aquí.

—Este motor parece de juguete al lado del mío.

—Pero un punto de embrague tiene, como tu toma de fuerza: el sitio donde la máquina engancha. No mires tu pie. Escucha el motor y nota el morro.

—¿Y el freno de mano?

—Será la calza.

—Una calza no se quita hasta que el tractor tira.

—Exacto.

—Podías haberlo dicho así en la primera clase.

—En la primera clase me dijiste que llevabas cincuenta y seis años conduciendo y que solo necesitabas aprender las señales.

—No mentí.

—Ocultaste que toda tu experiencia empieza fuera de la carretera y termina antes del asfalto.

—El campo también tiene cruces.

—Y aquí los coches aparecen a noventa.

—No en esta cuesta.

—Fulgencio.

—Vale. Embrague abajo, primera, freno de mano.

—Ahora levanta despacio hasta que cambie el sonido.

—Ya cambia.

—Todavía no.

—Yo lo oigo.

—Entonces espera un segundo y dale un poco de gas.

—En el tractor no acelero así.

—En este coche sí.

—Ya tira.

—Mantén el pie. Quita la calza.

—El freno de mano.

—Hoy se llama calza.

—Voy.

—Lo has soltado antes.

—No.

—Sí.

—Se ha calado porque has pisado tú.

—He pisado cuando ya retrocedías.

—Con tu doble mando no sé si conduzco yo o conduces tú.

—Si conduzco yo, evitamos golpear al de detrás. Si conduces tú, subimos.

—No había nadie detrás.

—Por eso seguimos practicando aquí. Respira y arranca otra vez.

—No me digas que respire.

—Entonces enfádate, pero con el embrague pisado.

—Soy bastante mayor para que me hables así.

—Y yo soy tu profesora: mi obligación es llevarte vivo al viernes, no tratarte de usted mientras caemos cuesta abajo.

—Yo no me caigo cuesta abajo.

—Tu coche sí. Dos veces en diez minutos.

—Porque este freno de mano queda lejos.

—Queda donde estaba hace diez minutos.

—Consuelo se reiría de ti.

—¿Por qué?

—Porque me habla igual cuando me empeño en hacer algo a mi manera.

—Me cae bien.

—No la conoces.

—Sé que comparte las ciruelas y que manda buscar sus gafas buenas. Ya tengo material suficiente.

—También ha dicho que no quiere que vaya al examen si voy a ponerme nervioso.

—¿Se lo has contado?

—Lo de los tres suspensos, sí. Lo de hoy todavía no.

—Hoy no ha terminado.

—Quedan veinte minutos.

—Baja del coche.

—¿Qué?

—Punto muerto, freno de mano y baja.

—¿Me echas de la clase?

—Te hago mirar la cuesta.

—La veo desde aquí.

—Desde aquí ves un parabrisas lleno de pendiente. Baja.

—A mis años me haces bajar en mitad de la variante.

—Estamos en el apartadero de prácticas. Yo cierro el coche.

—Ya estoy fuera. ¿Y ahora?

—Ponte detrás.

—Parece menos cuesta.

—Porque ya no la tienes subida hasta el borde del cristal.

—Sigue siendo mala.

—Mírala como miras el camino cuando llevas un remolque.

—Miraría la cuneta, la tierra y dónde puedo detenerme.

—¿Mirarías tus botas?

—No.

—Dentro llevas toda la mañana mirando el pie izquierdo.

—Porque no siento el embrague.

—No necesitas verlo para sentirlo. Cuando vigilas un remolque, ¿dónde miras?

—Al espejo. Compruebo que viene recto.

—Vuelve a sentarte. Esta vez, cuando encuentres el punto, mira el retrovisor.

—Ahí no voy a ver la cuesta.

—Vas a ver que el coche no retrocede. Tu pie hará lo demás.

—Eso lo dices porque el tuyo está encima del freno.

—Voy a apartarlo para que lo veas.

—No hagas tonterías.

—Ahora eres tú quien teme por mi vida.

—Temo por el coche de la autoescuela.

—Arranca.

—Primera puesta.

—Busca el cambio de sonido.

—Ahí.

—Un poco más.

—Ahora tira.

—Mira el retrovisor.

—La línea del borde no se mueve.

—Gas suave.

—Quito la calza.

—Quítala.

—Estamos quietos.

—Mantén ese pie.

—Ahora sube.

—Deja que suba.

—Está subiendo.

—No cambies a segunda todavía.

—Ya hemos pasado la señal.

—Sigue hasta el rellano.

—No has tocado tus pedales.

—No.

—Dime la verdad.

—Mi pie ha estado en la alfombrilla.

—Pues este coche tiene mejor motor de lo que parece.

—Y tú has encontrado la toma de fuerza de este coche, aunque este coche no mueva aperos.

—El punto de embrague.

—Llámalo como quieras mientras no lo sueltes antes de tiempo.

—En el examen, el hombre de la carpeta volverá a sentarse detrás.

—Sí.

—Y quizá tosa.

—También puede rascarse una oreja. Ninguna de las dos cosas conduce el coche.

—Miraré el retrovisor.

—Para comprobar que no caes, no para esconderte del examinador.

—¿Me das por listo?

—Te doy por capaz de arrancar aquí una vez.

—Eso no es lo que he preguntado.

—El viernes te daré por listo cuando puedas hacerlo seguido, mirar el cruce y entrar sin obligarme a frenar.

—Quedan doce minutos.

—Da tiempo a bajar y repetir.

—Consuelo diría que con una vez basta.

—Consuelo lleva desde marzo esperando que conduzcas solo cuarenta y tres kilómetros. Dudo que quiera depender de un arranque afortunado.

—No ha sido suerte.

—Demuéstralo.

—Da la vuelta, Puri; a Consuelo no voy a llevarla a casa con una sola subida.