Curiosidad · Del catálogo de Margen
El Vasa se hundió a 1.300 metros de su muelle

El Vasa navegó mil trescientos metros y se fue al fondo. Era el 10 de agosto de 1628, en el puerto de Estocolmo, y aquel barco de guerra —sesenta y cuatro cañones de bronce repartidos en dos cubiertas— era el encargo más caro de Gustavo II Adolfo, rey de Suecia. Una racha de viento lo escoró, el agua entró por las portas de los cañones, abiertas para la salva de despedida, y se hundió con unas treinta personas dentro a la vista de la ciudad entera.
Lo grave es que ya lo sabían. Semanas antes, atracado en el muelle, el almirante Klas Fleming ordenó la prueba de estabilidad de la época: treinta hombres corriendo de banda a banda para hacer balancear el casco. Al tercer viaje el barco escoraba tanto que Fleming mandó parar. No canceló nada. El rey estaba en campaña esperando su barco, y nadie quiso ser quien le escribiera que la segunda cubierta de cañones, añadida sobre la marcha por orden suya, lo había convertido en un armario alto y estrecho.
El fango del Báltico resultó ser un conservante: agua fría, poca sal y ningún molusco que se comiera la madera. En 1961, tras 333 años abajo, lo subieron entero con el 98 % de su roble original. Hoy el Vasa es el museo más visitado de Suecia: más de un millón de personas al año pagan por ver el barco que no aguantó mil trescientos metros.