Hay una estación en alguna parte donde esperan, pacientes, todos los trenes que no tomé.
El de aquella beca en el norte. El que salía a las seis y cuarto de la boca de un hombre que no me atreví a besar. El tren pequeño y absurdo de una vida en un pueblo con río.
No les guardo rencor. A veces les escribo: qué tal el andén, pregunto, qué tal la vía muerta, y ellos contestan con ese silbido largo que solo oyen los que se quedaron.
Porque este andén también es un tren, solo que más lento: la casa, el trabajo, tus manos, el pan de cada día en su vagón de siempre.
Un tren que no anuncia paradas y sin embargo me está llevando.