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Por capítulos · Doce dias de gasoleo · Del catálogo de Margen

Idoia sube al tejado y la chimenea está partida

Antes: un alud encerró a nueve personas en el refugio de Iratxeta. Sabino Amantegui, guarda hasta 2022, admitió que sacó sesenta litros de gasóleo.

Siete días de gasóleo quedaban en Iratxeta el sexto día, y cinco de los nueve amanecieron con dolor de cabeza.

Lena Bouzas, cuarenta y un años, montañera y anestesista, lo puso encima de la mesa a las siete y cuarto, con el generador todavía en marcha y el comedor a doce grados. Lo dijo como se dicen estas cosas cuando ya se han pensado mucho: sin levantar la voz y con una lista.

—Yo, desde el jueves. Aitor, ayer a media tarde. Mercedes lleva dos días con dolor de cabeza y náuseas, y lo ha llamado cadera. Casimiro se durmió anteayer sentado a las once de la mañana, que es una hora rarísima para dormirse. Y Sabino, al que nadie le pregunta nada porque damos por hecho que es la hipotermia.

—Estamos a seis bajo cero y comiendo de lata —dijo Ramiro Bouzas, cuarenta y cuatro años, carpintero de ribera, hermano de Lena—. A mí también me duele la cabeza.

—Ya. Pero a ti se te quita cuando bajas al leñero a por astillas, y me lo dijiste tú el viernes.

Idoia Bergara, guarda del refugio y enfermera de urgencias hasta 2019, dejó la taza en la mesa larga y no contestó enseguida. En urgencias había visto tres veces lo que Lena estaba describiendo sin nombrarlo: una familia entera con dolor de cabeza, un abuelo dormido a deshora, todos mejor en la calle y peor en casa.

—Dilo entero, Lena.

—Monóxido de carbono. Un gas que sale de cualquier cosa que quema mal y que no huele a nada. Si fuera gripe, no se te quitaría al bajar al leñero. Si fuera el frío, le tocaría a los nueve y no a cinco.

Mercedes Arriaga, jueza de paz jubilada, que lleva la contabilidad del combustible en la contraportada del libro de firmas desde el tercer día, cerró el libro con el dedo dentro.

—¿Y por qué a cinco y no a nueve?

—Por dónde duerme cada uno —dijo Lena—. Yo, en la litera de arriba del dormitorio pequeño. Sabino, en la de abajo desde el día tercero. Aitor, en la otra litera de esa misma pared. Mercedes y Casimiro, en los bancos de poniente. Los cinco, en la mitad de la casa que da al cuarto del generador.

Idoia bajó al cuarto del generador con la lámpara de batería y Ramiro detrás. Apagó el motor a las siete y media, una hora antes de la hora, y el edificio se quedó con el ruido que hace la nieve cuando no hay otro.

El generador de Iratxeta es un monocilíndrico de gasóleo atornillado a una bancada de hormigón, con un tubo de escape que sube pegado a la pared, atraviesa el forjado y sale por encima de la losa del tejado, a barlovento, con un sombrerete para que no le entre la nieve. Lo instalaron en 2009 y lo revisa el club cada dos otoños.

Idoia pasó la mano por el tubo desde el codo del motor hasta donde se mete en el techo. Estaba caliente, como tiene que estar.

—Carbonilla en el codo, la de siempre —dijo—. Pero ni hollín en el suelo, ni mancha negra en la pared, ni junta reventada a la vista.

—Aquí abajo no hay nada —dijo Ramiro—. Y si hubiera una fuga en este tramo, el cuarto sería una cámara de gas y tú y yo estaríamos ya en el suelo.

—Entonces está arriba.

Volvieron al comedor con la respuesta a medias, que es la peor forma de volver. Fani Quiroga, geóloga, veintiocho años, subió a Iratxeta a cambiar los sensores de la ladera y bajó con su caja de aparatos abierta encima de la mesa.

—Tengo un registrador de datos con tres canales —dijo—. Temperatura, humedad y un sensor electroquímico de monóxido que va en la misma placa, porque los sensores de ladera se calibran en caseta y ahí sí hace falta. No sé si el canal de monóxido tiene batería, y no lo voy a saber hasta que lo encienda.

—Enciéndelo.

—Va a tardar. Esa placa necesita veinte minutos de estabilización y después una hora larga para que la curva diga algo. Si te doy un número antes, te estaré dando ruido.

Idoia miró el reloj, apuntó la hora en la libreta de tapas rojas y subió al dormitorio alto, que es la habitación desde la que se sale al tejado por una trampilla de madera de setenta por setenta.

Txomin Elordi, sesenta y dos años, pastor, que sube el correo del club a Iratxeta desde 1994, la siguió por la escalera y se paró debajo de la trampilla.

—El alud barrió la fachada norte y el poniente alto —dijo—. El faldón de levante quedó cargado pero entero. Si pisas, pisa en la línea de las tejas gordas, que son las que apoyan en la viga.

—¿Aguanta una persona?

—Aguanta una. Dos no.

Idoia se ató a la viga del dormitorio con una cuerda de ocho milímetros que Ramiro le pasó por la cintura, se calzó las botas de montaña y abrió la trampilla a las nueve menos veinte. Entró el frío de golpe y entró también una cosa que no esperaba: un olor. No un olor fuerte. Un olor tibio, de motor, de garaje con la persiana bajada.

—Huele a escape —dijo, con medio cuerpo fuera.

—El monóxido no huele —contestó Lena desde abajo.

—El monóxido no. Pero un escape lleva más cosas dentro, y esas huelen.

El tejado de Iratxeta es de losa de pizarra sobre viga de madera, con una pendiente corta y dos faldones. La nieve lo cubría entero menos una lengua de metro y medio junto a la chimenea del generador, donde la costra estaba gris y hundida, derretida y vuelta a helar varias veces. Idoia se arrodilló al borde de esa lengua antes de acercarse, porque en esa mancha gris era donde se veía que algo llevaba días saliendo caliente por donde no debía.

Fue apartando la nieve con el antebrazo hasta llegar al sombrerete. El sombrerete estaba en su sitio, derecho, sin abolladuras, y por él no salía nada.

Metió la mano por debajo, entre la teja y el tubo, y la sacó negra.

El tubo de escape estaba partido justo en el punto en que atraviesa la losa, por la parte de abajo, escondido bajo el solape de la teja. No era una grieta fina: era un corte limpio de media circunferencia, con los bordes vueltos hacia fuera y el metal aplastado por arriba. Alguien que mirara el tejado desde el sendero vería un sombrerete perfecto. Alguien que subiera a tocarlo con la mano, como acababa de hacer ella, encontraría que el humo del generador llevaba seis días saliendo por debajo de las tejas, metiéndose en la cámara que hay entre la losa y el forjado, y bajando desde ahí a la mitad de poniente de la casa por los mismos huecos por los que pasan los cables.

Idoia se quedó cinco minutos arriba con la mano negra apoyada en la teja. Después bajó, cerró la trampilla y se sentó en el banco de enfrente de Sabino Amantegui, sesenta y seis años, guarda de aquel refugio de 1991 a 2022, que llevaba tres días hablando lo justo y que esa mañana estaba incorporado, con la manta térmica doblada sobre las rodillas.

No le preguntó nada. Le enseñó la palma de la mano.

Sabino la miró el tiempo que tarda un hombre en dejar de guardar una cosa.

—Por debajo de la teja —dijo—. En el solape, del lado de levante.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ese tubo atraviesa la losa sin manguito. Se montó así en 2009 y se montó mal. Dilata en caliente, encoge en frío, y la losa no perdona: trabaja contra el metal cada vez que arranca y cada vez que para. Yo lo vi abierto un dedo en el otoño de 2021, lo taponé con masilla refractaria y avisé al club. Con nieve encima y el motor cuatro horas al día, eso se termina de partir.

Mercedes había abierto el libro y escribía sin levantar la vista.

—Subiste el martes a las siete menos veinte —dijo Idoia—. Antes del amanecer, con el parte de nieve dado. ¿A qué subiste?

—A avisar. —Sabino se pasó la mano por la barba de seis días—. El domingo cayeron cuarenta centímetros y el lunes heló. Llevaba dos inviernos esperando esa combinación y sabía lo que iba a hacerle al tubo. Subí a decírselo al guarda, que eres tú, y a taponarlo otra vez si me dejabas.

—No me dijiste nada.

—Firmé a las siete menos veinte, os oí a los ocho en la cocina y me metí en el cuarto del generador por la puerta del rellano. Antes de llamar a tu puerta quise mirar el arranque, y el codo del tubo estaba negro de carbonilla fresca. Con eso ya no hacía falta subir al tejado para saberlo: estaba abierto.

—Las tres garrafas —dijo Mercedes—. Vamos a la parte que ayer no quiso contar.

Sabino miró a Idoia y no a la jueza.

—Tú tenías doscientos cuarenta litros y una cuenta hecha para quemarlos en doce días a cuatro horas diarias. Yo tenía una chapa, una tijera y dos bridas en la mochila, y un tejado al que no me ibas a dejar subir sin discutirlo media mañana, porque hace tres años que no soy el guarda de esta casa. Así que le quité tres días al depósito antes de las ocho y le eché los sesenta litros de agua para que la varilla siguiera marcando nueve. Pensaba devolvértelos esa misma tarde, con el tubo forrado, y contártelo todo junto.

—Nos quitaste tres días de calor —dijo Ramiro.

—Os quité tres días de humo. —Sabino se apoyó en el codo—. Y después me quedé en el leñero esperando a que amainara, porque con ventisca no se anda por una losa mojada. A las diez y diecisiete bajó el alud y me pilló allí dentro, con dos metros de nieve entre ese tejado y yo.

Lena Bouzas se levantó del banco despacio, como quien lleva un rato haciendo una cuenta y no le gusta el resultado.

—Sabino. Diez horas y veinte minutos los cuatro primeros días y tres y doce ayer. Trece horas y treinta y dos minutos de motor con ese tubo abierto, y nosotros durmiendo debajo. Dime cuánto llevamos respirado.