«Tiene un mensaje nuevo. Recibido hoy, a las cuatro y doce.»
Era mi voz. Rota, urgente, llorada.
«Escúchame. Soy tú. No cojas el coche el viernes. Da igual lo que pase, da igual lo que te digan: el viernes, el coche no. Por favor. Esta vez hazme caso.»
Hoy es martes.
El miércoles lo pasé razonando: una broma, un montaje, alguien imitándome. El jueves llamé al taller para revisar los frenos, por si acaso; perfectos. Y hoy, viernes, he cumplido: el coche sigue en el garaje. He ido andando a todas partes, casi orgullosa, casi riéndome de mí.
A las cuatro y diez ha sonado el teléfono. Mi hermana. El niño se ha caído en el colegio, no es grave, pero ¿puedo acercarlo yo al hospital, que ella está a una hora?
Son las cuatro y once. Tengo las llaves del coche en la mano.
Ahora entiendo desde cuándo me llamaba. Y por qué lloraba: porque ella también escuchó este mensaje. Y también dijo que sí.