
En 1803 la vacuna de la viruela ya existía, pero tenía un problema logístico enorme: solo aguantaba unos días fuera del cuerpo humano, y América estaba a más de un mes de navegación. Sin neveras, sin ampollas, sin nada.
La solución de la Corona fue tan brillante como conmovedora: la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna embarcó a 22 niños huérfanos de A Coruña y los fue vacunando de dos en dos durante la travesía. Cuando a unos les brotaba la pústula, se inoculaba a los siguientes. La vacuna cruzó el Atlántico viva, de brazo en brazo.
Cuidándolos viajaba Isabel Zendal, rectora del orfanato, considerada la primera enfermera de la historia en misión internacional. La expedición vacunó a cientos de miles de personas en América y Filipinas.
El propio Jenner, el inventor de la vacuna, escribió que no imaginaba un ejemplo de filantropía tan noble y tan extenso. El mejor elogio posible: el del padre de la criatura.