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Por capítulos · Las doce ultimas noches del 803 · Del catálogo de Margen

Cuarenta llamadas y un listín de 1998

Antes: Amelia Sanchís, maestra jubilada, le confesó a Olalla que en 1998 tachó su nombre de la hoja de firmas. Olalla tenía nueve años.

Quedan cinco noches. El 803 no sale hasta las 23:40, así que a las siete de la tarde del día 26 la oficina de Ribadeña tenía encendidas las dos luces y la estufa, y encima de la mesa había tres cosas: la carpeta verde de 1998, un listín telefónico de la comarca del mismo año y un cuaderno cuadriculado sin estrenar.

—Ochenta y siete firmas y ningún teléfono —dijo Casilda Trigo, jefa de estación de Ribadeña—. En 1998 nadie apuntaba el teléfono en una hoja de firmas. Se conocían.

—Y el listín va por apellidos —dijo Olalla Berruezo, revisora del 803—. Hay catorce Berruezo.

—Trece. Uno es un bar.

La tercera silla la ocupaba Puri Berruezo, costurera jubilada y firma número cuatro de la hoja, que había venido con las gafas de coser y una tableta de turrón de agosto porque no tenía otra cosa en casa.

—Yo os digo quién es quién —dijo Puri—. Empezad por la A y no discutáis.

El sistema salió solo a la tercera llamada. Puri leía el nombre, decía el pueblo y el oficio —«Adoración Ganuza, de Sotoclaro, la que cosía para el economato»—, Casilda buscaba el apellido en el listín y cantaba el número, y Olalla marcaba en el teléfono de la oficina, que es de teclas grandes y tiene el cable corto, así que había que hablar de pie.

Las cuatro primeras fueron rápidas y ninguna sirvió.

—Este da tono de fax.

—Era el de la cooperativa. Tacha.

—Este no existe.

—Tacha.

—Este lo coge una clínica veterinaria de Puente Alcor.

—No taches, apunta «veterinario» —dijo Casilda—. A lo mejor el nieto sigue en el pueblo.

A las ocho y veinte contestó el primero de verdad. Se llamaba Aniceto Zubelzu, panadero jubilado de Corrales, y tardó cuatro minutos en creerse que no le estaban vendiendo nada.

—¿La del tren? —dijo—. Mire, señora, a mí me llaman doce veces al mes para cambiarme la luz.

—No le llamo por la luz. Le llamo por una hoja que firmó usted en la sala de plenos el 14 de noviembre de 1998.

Zubelzu no dijo nada durante tres segundos largos.

—¿Sigue ahí?

—Sigo. Es que ha dicho usted la fecha entera.

Olalla no le contó nada más. Le preguntó si el teléfono seguía siendo el suyo y si podía volver a llamarle. Zubelzu dijo que sí a las dos cosas y luego preguntó una tercera que no le habían hecho:

—¿Cuántos quedamos?

—Eso es justo lo que estoy contando —dijo Olalla.

La novena fue un hombre que dijo que él no había firmado nada en su vida y colgó. Puri lo tachó, se quedó mirando la línea un rato y lo destachó.

—Ése firmó —dijo—. Lo que pasa es que firmó por su mujer, y su mujer murió en 2019. Déjalo en «contesta» y ya veremos.

La doce la cogió un contestador automático con la voz de un niño que a estas alturas tendrá treinta años. La quince fue el bar de los Berruezo, que no era ningún Berruezo pero sabía dónde vivían cuatro. Ninguno preguntó por qué los llamaban. Eso lo preguntaban después, o no lo preguntaban.

A las nueve, Casilda bajó a la cantina y subió con tres cafés y con la noticia de que Fermín Aizpún, maquinista del 803, se había ofrecido a llamar él a los cuatro de Villaseca de la Vía porque los conocía de siempre. Volvió a los veinte minutos con dos síes, un teléfono muerto y un recado: la hija de uno de ellos quería saber quién había dado los datos de su padre y a cuento de qué.

—Le he dicho que el tren —dijo Fermín desde la puerta, sin llegar a entrar.

—¿Y qué ha contestado?

—Que vaya un motivo. Pero ha apuntado la hora de salida.

A las diez y media llevaban treinta y una llamadas y el cuaderno tenía tres columnas: contesta, no contesta, no existe. Las cruces las hacía Puri, porque decía que Olalla las hacía torcidas. A las once menos cuarto se acabó el turrón.

La treinta y tres contestó en gallego y tardaron dos minutos en entenderse. Era Modesto Ferreiro, guardabarreras del paso a nivel de Sotoclaro hasta que lo automatizaron, y dijo tres veces «yo aquel día estaba de servicio» antes de reconocer que había bajado a firmar en el descanso.

—Apunta también a los que preguntan por el precio —dijo Casilda—. El que pregunta cuánto vale el billete es que está pensando en subirse.

—Han preguntado nueve.

—Pues nueve.

—Y apunta la hora a la que contestan —dijo Puri—. Los que cogen el teléfono por la mañana son los que acaban viniendo.

La treinta y siete fue la de Herminia Otazu, modista de Ermua del Río, que dijo que ella a su edad no se subía a ningún tren de noche, y que si querían que fuera lo avisaran con tiempo y de día. La treinta y nueve fue un locutorio. La cuarenta la cogió una mujer que dijo «está durmiendo» y colgó antes de que le preguntaran quién.

—Cuarenta —dijo Olalla, y se sentó por primera vez en cuatro horas.

Casilda cerró el listín con el dedo dentro, como se cierra un libro que se va a volver a abrir, y se puso a repasar los cuarenta y siete que faltaban contra el listín nuevo, el de este año, apellido por apellido y pueblo por pueblo. Tardó diecinueve minutos. Olalla la miraba desde la silla, con el abrigo ya puesto.

—Ven aquí —dijo Casilda.

Puri se acercó también, con las gafas en la mano.

—De los ochenta y siete números de 1998, veintiséis ya no existen —dijo Casilda—. Ni con el prefijo nuevo, ni cambiados, ni dados de baja y vueltos a dar. Veintiséis líneas que no llevan a ninguna parte.

Giró el cuaderno para que lo vieran las dos. En la columna de la derecha había veintiséis nombres escritos con la letra de Puri y, al lado de cada uno, el pueblo. Puri se puso las gafas y los leyó de arriba abajo sin decir nada. Cuando levantó la cabeza, abajo en el andén el 803 acababa de encender las luces de dentro.

—A ocho los conozco —dijo—. Y ocho no son veintiséis. A los otros dieciocho, ¿quién los busca?