Por capítulos · El coche de la plaza 214 · Del catálogo de Margen
Aitana paga 80 € por el coche de su hermano preso

Antes: Ruth trabaja en el depósito municipal de Alicante. Nadie recoge el coche de la plaza 214 y alguien paga 80 € cada día 3.
A las doce y cinco, al volver de la sucursal, Ruth vio a una chica agarrada a la malla de la valla del depósito, con el móvil en alto, haciéndole una foto a la fila catorce.
—Ahí no hay nada que ver —dijo Ruth.
—Sí que lo hay —dijo la chica—. La segunda furgoneta empezando por la derecha. Blanca. Con la pegatina del pescado.
Se llamaba Aitana Pomares, tenía veinte años y era reponedora en un supermercado de Novelda. El día 3 de cada mes hacía turno de mañana, cogía el autobús de las diez y cuarto, ingresaba ochenta euros en la sucursal de enfrente y le hacía una foto al Berlingo desde la valla antes de volver. Treinta y ocho veces, contando la de esa mañana.
—El de la plaza 214 —dijo Ruth.
—El de mi hermano.
Ruth no debía hablar de un expediente con nadie que no fuera el titular. Habló.
—El 14 de octubre cambia la empresa de la grúa. El ayuntamiento ha mandado vaciar la nave. Hay sesenta y un coches en la lista y el tuyo es el cuarenta y uno. Los ochenta euros dejan de servir ese día: los expedientes se cierran todos de golpe.
Aitana se sentó en el bordillo con una carpeta sobre las rodillas y estuvo un rato haciendo cuentas en voz baja. Treinta y ocho por ochenta. Tres mil cuarenta euros. Los sábados de más de tres años.
—Mi abogado me dijo que mientras hubiera movimiento no lo podían tocar —dijo—. Me lo dijo en 2023. No me dijo que hubiera una fecha.
—La fecha es el 14 de octubre.
—¿Cuántos días son?
—Cuarenta y uno.
Óscar Pomares tenía veintinueve años y cumplía tres años y ocho meses en la prisión de Fontcalent. La noche del 9 de febrero de 2023, en el kilómetro seis de la CV-84, un Berlingo blanco atropelló a Encarna Sirera, sesenta y un años, limpiadora, que volvía a casa en bicicleta después del turno de tarde en un hotel. La furgoneta no paró. Tres días después, Óscar se presentó en el cuartel con un abogado y dijo que conducía él.
—Confesó —dijo Ruth.
—Confesó.
—¿Y entonces qué esperas encontrar ahí dentro?
La furgoneta estaba a nombre de Óscar. La había comprado de segunda mano en 2022 a la empresa para la que repartía, porque para entrar a repartir le pedían vehículo propio; el equipo de frío se lo montó la empresa y siguió siendo de la empresa. Después de la sentencia, el vehículo quedó embargado por la responsabilidad civil: doscientos catorce mil euros para la familia de Encarna Sirera. Aunque Aitana pagara los cuatro mil doscientos y pico, no podía sacarla de allí, ni venderla, ni desguazarla. Podía hacer una sola cosa con ella: que no la prensaran.
—No quiero la furgoneta —dijo—. Quiero que alguien la abra delante de un juez.
Abrió la carpeta. Dentro había treinta y ocho fotos impresas en folios, una por visita, todas del mismo ángulo, ordenadas por fecha con una pinza. En las últimas, tomadas con un móvil mejor, se veía el interior a través del cristal del copiloto: el respaldo, un chaleco naranja doblado y, atornillada detrás del asiento, una caja gris del tamaño de un libro con una ranura estrecha en la parte de abajo.
—Eso lo puso la empresa cuando le montaron el frío —dijo Aitana—. Es el registrador. Apunta la temperatura, apunta cada vez que se abre la puerta de la caja y apunta cada arranque. Y no apunta un nombre: apunta un número de llave.
—¿Y eso qué prueba?
—Hay dos llaves —dijo Aitana—. Mi hermano es la uno.
Ruth miró la foto un rato largo. Después miró la fila catorce, a treinta metros, donde el Berlingo estaba exactamente en la misma postura que en las treinta y ocho fotos.
—¿Y qué llave marcó esa noche?
—Eso es lo que hay dentro —dijo Aitana—. Por eso pago.
Aitana cogió el autobús de las trece y cinco con la carpeta debajo del brazo. Ruth volvió a la ventanilla, abrió el expediente 214/2023 y escribió debajo de la letra redonda de Chelo: familiar localizada, no dar de baja sin avisar. Luego buscó la 214 en la lista de Bruno para comprobar una cosa que ya sabía. Estaba en la línea cuarenta y uno. Los mismos días que faltaban.