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Por capítulos · El coche de la plaza 214 · Del catálogo de Margen

Alguien paga 80 € al mes por un coche que no recoge

El jueves a las nueve y diez, Bruno Egea dejó sobre la mesa de Ruth Anglada una lista de sesenta y un coches y un rotulador rojo.

—Tacha el que salga —dijo—. El 14 de octubre entra la empresa nueva y estos sesenta y uno no pueden estar aquí. Cada coche que quede nos cuesta doscientos cuarenta euros de traslado.

Ruth tenía veintidós años y llevaba tres semanas en el depósito municipal de vehículos de Rabasa, en Alicante: ventanilla, cobros, salidas y teléfono. Contrato hasta el 31 de octubre, una habitación de trescientos cuarenta euros al mes en Carolinas y una renovación que dependía, se lo había dicho Bruno sin adornos, de que esa lista quedara limpia. Bruno era el jefe de nave, cincuenta y uno, once años allí, y quería lo mismo que ella por un motivo distinto: el traslado salía de su presupuesto.

La nave tenía cuatrocientos doce vehículos en catorce filas, con la matrícula escrita en el parabrisas con lápiz de cera. La mayoría duraba tres días: venía el dueño, pagaba la grúa y la custodia, firmaba y se lo llevaba maldiciendo. Los del fondo llevaban años. Allí los coches se hunden despacio: se les bajan las ruedas, se les vuelven blancos los plásticos, se les meten palomas por las juntas de las puertas.

La plaza 214 era un Citroën Berlingo blanco con el equipo de frío todavía montado y una pegatina de pescado descolorida en la puerta lateral. Matrícula 4471 KDR. Entró el 3 de julio de 2023. Cuando Ruth abrió el expediente para tacharlo, la pantalla le devolvió una cuenta que no había visto en ningún otro coche de la lista.

Custodia: 1.158 días a 6,10 euros el día. Siete mil sesenta y tres con ochenta. Retirada: ciento veintiuno. Total devengado: 7.184,80 euros. Pagos a cuenta: treinta y siete. Saldo: 4.224,80 euros.

Ruth abrió el detalle. Treinta y siete pagos, todos idénticos: ochenta euros, siempre el día 3, siempre en efectivo, siempre en la sucursal de enfrente, con el número de expediente escrito a mano en el resguardo y la casilla del ordenante en blanco. El primero era del 3 de agosto de 2023.

—Ese es el coche de los ochenta euros —dijo Chelo Marimón desde el otro extremo del mostrador, sin levantar la vista del talonario.

Chelo tenía cincuenta y ocho años y diecinueve en la casa. Hacía el turno de mañana desde antes de que existiera el programa que Ruth estaba mirando.

—¿Y por qué no viene nadie a por él?

—Porque sacarlo cuesta cuatro mil doscientos veinticuatro euros con ochenta —dijo Chelo—. Y porque quien paga no quiere sacarlo. Quiere que siga ahí.

Se lo explicó con el reglamento delante, en el tono con el que se lee la temperatura de una cámara. Un vehículo pasa a tratamiento residual, que en la nave se dice prensa, cuando lleva dos meses en el depósito sin ningún movimiento en el expediente. Un pago a cuenta es un movimiento. Ochenta euros el día 3 mantenían al Berlingo oficialmente vivo.

—Pues le sale barato —dijo Ruth.

—No le sale barato. La custodia corre a seis con diez al día: ciento ochenta y cinco euros al mes. El que paga ochenta debe ciento cinco más cada vez que paga. Lleva tres años pagando para deber más.

En el expediente había un teléfono. Ruth lo marcó dos veces y las dos veces le contestó la misma voz grabada: número no asignado. El titular constaba como Óscar Pomares Gil, con domicilio en Novelda, y había una notificación devuelta en octubre de 2023 con el sello de ausente. Nada más. Ni un recurso, ni una llamada, ni una visita registrada en tres años.

En la casilla de observaciones, con letra redonda y bolígrafo azul, alguien había escrito hacía tiempo: pago a cuenta el día 3, comprobar antes de dar de baja.

—¿Esto lo pusiste tú? —preguntó Ruth.

—Lo puse yo —dijo Chelo—. Y ahora tú tienes una lista y un rotulador. Así funciona esto.

A las once y cuarenta entró el aviso del banco en el correo del depósito. Ingreso en efectivo. Ochenta euros. Expediente 214/2023. El saldo bajó a cuatro mil ciento cuarenta y cuatro euros con ochenta.

Ruth miró la hora en la pantalla y después la lista, que seguía sin una sola raya. Era día 3. Alguien acababa de pagar el plazo número treinta y ocho por un coche que, según el papel que tenía delante, iba a la prensa en cuarenta y un días. Y ese alguien había estado, a las once y cuarenta de esa mañana, a sesenta metros de su ventanilla.

Ruth cruzó la calle. En la sucursal le enseñaron del resguardo lo que podían enseñarle: número de expediente, importe, hora. El nombre del ordenante, no.

—¿Es siempre la misma persona? —preguntó.

—Siempre el día 3 —dijo la cajera—. Y hoy, antes de pagar, ha preguntado si el coche seguía ahí.