
El sofá guarda tu forma como la guarda un guante: sin esfuerzo, sin intención de devolverla.
El cojín de la izquierda, vencido en diagonal; el reposabrazos, pulido donde apoyabas el libro y la taza, las dos cosas a la vez, contra toda prudencia.
Yo me siento en mi lado, que sigue siendo el mío, y dejo el tuyo libre. No por pena: por costumbre, que es la forma que tiene el cuerpo de seguir poniendo la mesa cuando ya no hay invitado.
Algún día compraré un sofá nuevo. Vendrá firme, simétrico, sin memoria. Habrá que sentarse años para enseñarle quién eras.