
Prueba a hacerte cosquillas en la planta del pie. No hay manera. La culpa la tiene una región del cerebro, el cerebelo, capaz de adivinar tus propios movimientos.
Cada vez que vas a tocarte, el cerebelo predice con exactitud qué vas a sentir y cuándo, y ordena atenuar esa sensación antes incluso de que ocurra. Como no hay sorpresa, no hay cosquillas. Cuando te toca otra persona, en cambio, tu cerebro no puede anticipar el gesto y la reacción se dispara.
Unos investigadores lo comprobaron con un aparato que rozaba la mano de los voluntarios: si el propio sujeto lo controlaba, casi no sentía nada; si lo movía otra persona, las cosquillas volvían.
Fuente: University College London (UCL)