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Relato · Del catálogo de Margen

Amaia mide el cuadro y le faltan cuatro centímetros

Portada de Amaia mide el cuadro y le faltan cuatro centímetros

—Noventa y seis con cuatro.

—¿Otra vez?

—Tres veces, Tomás. Con la cinta metálica y con la de tela. Noventa y seis con cuatro de alto por ciento veintiocho de ancho.

—Y la ficha dice.

—La ficha de 1953 dice cien con cuatro por ciento veintiocho. Ancho igual. Alto, cuatro centímetros más.

Tomás Elgueta dejó la carpeta encima del carro de herramientas y se frotó los ojos. En el taller de restauración eran las cuatro menos veinte de la madrugada.

—Amaia, el camión de la exposición sale a las ocho. A las nueve cierro el inventario. Si en el informe de estado pones una medida que no coincide con la ficha, «La cena de Betania» pasa a ser una pieza no conforme y se queda aquí.

—Ya lo sé.

—Y si se queda aquí, el préstamo se cae, y si el préstamo se cae, me lo comen a mí en la auditoría, que soy el que lleva el registro desde hace once años.

—Eso también lo sé.

—Entonces pon cien con cuatro y vámonos a dormir.

—No.

—Amaia.

—Es que si firmo cien con cuatro… —se paró—. Es que se copia, Tomás. Se copia y ya no lo mira nadie más. Lleva copiándose desde 1953.

—Desde 1953 estaba bien.

—Desde 1953 estaba bien, sí. Y entre 1953 y hoy pasó algo. Son las cuatro menos veinte: tenemos tiempo de saber qué.

—Tenemos cuatro horas y veinte minutos.

—Tú tienes cuatro horas y veinte minutos. Yo tengo un camión.

Tomás cogió la carpeta otra vez.

—A ver. Un lienzo puede encoger.

—Un lienzo tensa y destensa con la humedad. Medio centímetro, un centímetro en un caso feo. No cuatro. Y no cuatro solo de alto, dejando el ancho clavado en ciento veintiocho.

—¿Y si la ficha está mal?

—Puede. Pero mírala: la escribió alguien que midió con cuidado, porque anotó los decimales. Cien con cuatro. El que se inventa una medida pone cien.

—Vale. ¿Y el borde?

—Ahí quería llegar. Ven.

Se acercaron al caballete. Amaia encendió la luz rasante —la que se pone casi paralela a la tela, para que cualquier relieve haga sombra— y bajó la lámpara.

—Mira el canto de arriba. ¿Ves la línea de agujeritos?

—Veo agujeros de clavo.

—Son los de la primera tensada, cuando montaron la tela en el bastidor en el siglo XVII. Están donde tienen que estar: a tres milímetros del borde. Ahora mira abajo.

—Espera, que no… A ver, súbeme la luz.

—Así.

—No hay ninguno.

—No hay ninguno. El canto de abajo tiene grapa moderna y nada más. Este lienzo se cortó por abajo y se volvió a tensar sobre un bastidor más corto, y quien lo hizo trabajó bien: de frente no se ve.

—¿Cuándo?

—Eso no lo sé yo. El archivo lo llevas tú.

Tomás miró el reloj y resopló.

—Las cuatro y diez.

—El archivo está en el sótano, Tomás.

—Ya sé dónde está el archivo.

En el sótano, Tomás sacó tres cajas grises de la estantería de préstamos históricos y las puso en la mesa.

—Ordenado por año. ¿Desde cuándo buscamos?

—Desde 1953.

—Es que aquí hay de todo, Amaia. Cesiones, restauraciones, obras del edificio, una reclamación de un cura de 1970 por una talla que no era suya…

—Cesiones. Solo cesiones. Si a un cuadro le pasa algo raro, le pasa cuando sale por la puerta.

—Entonces 1953 en adelante. Aquí: 1958, exposición diocesana, no salió del edificio. 1960, nada. 1961…

—¿1961 qué?

—Espera. «Cesión temporal a la sala de cultura de la Caja de Ahorros de Arcedo, quinto centenario de la villa.»

—¿Fue?

—Fue. Salida el 14 de junio de 1961, devolución el 30 de septiembre. Firma la cesión el director, Práxedes Nieto.

—¿Y qué más hay en la carpeta?

—Un albarán de transporte. Un recibo del seguro. Y una factura.

—Léela.

—«Aniceto Roldán, taller de marcos y molduras, calle Herrería 4.» Fecha, 20 de junio de 1961. Concepto: «Por adaptación de obra al marco de la sala. Recorte de bastidor y tela, lado inferior, cuatro centímetros. Nueva tensada y clavazón. Ciento ochenta pesetas.»

Tomás dejó la factura en la mesa. Los dos la leyeron otra vez desde el principio.

—Cuatro centímetros —dijo él—. Por ciento ochenta pesetas.

—Lo recortaron para que cupiera en un marco que ya tenía la caja de ahorros.

—Y luego lo devolvieron.

—Y cuando volvió no lo midió nadie. Para qué, si la medida ya estaba escrita.

—Sesenta y cinco años.

—Sesenta y cinco años arrastrando un dato que dejó de ser verdad un martes de junio.

Tomás no contestó. Estaba pasando papeles.

—Hay algo más aquí. Un sobre.

—¿Cerrado?

—Doblado. Pone «1961. B.» a lápiz.

—Ábrelo. Con cuidado, por el borde.

Dentro del sobre había una tira de tela de unos cuatro centímetros de alta y ciento veintiocho de larga, doblada tres veces, con el barniz oscurecido y la trama entera. Amaia la extendió sobre el papel secante con las dos manos y se quedó quieta.

—Tomás.

—Qué.

—Trae la lupa. La de mango negro.

—¿Qué ves?

—Trae la lupa.

Se la trajo. Amaia bajó el flexo de la mesa hasta casi rozar el papel y lo dejó tumbado, apuntando a la esquina derecha de la tira, donde la pintura seguía siendo pintura y no borde clavado.

—Hay letras.

—¿Firma?

—Media firma. La otra media se fue con el corte del bastidor, o está debajo del barniz. Se lee «ez», y luego una efe con un punto, y luego un año.

—¿Qué año?

—Mil seiscientos treinta y uno.

—Ese cuadro está catalogado como anónimo desde 1953.

—Porque en 1953 la firma ya no estaba en el cuadro. Estaba aquí dentro.

—Entonces Roldán, el de los marcos, cortó la firma.

—Roldán cortó cuatro centímetros de un cuadro que le mandaron adaptar y cobró ciento ochenta pesetas. Ni la vería. Pero alguien sí la vio, Tomás. Alguien guardó la tira. Nadie dobla una tira de tela en tres y la mete en un sobre por casualidad.

—Aquí hay una nota. Detrás del sobre. Es la misma letra de la cesión.

—Léela.

—«Guardo la tira. Lleva firma y fecha. No he podido convencer a nadie de que se vuelva a coser. Que lo vea quien venga después. P. Nieto, 2 de octubre de 1961.»

Tomás dejó la nota sobre la mesa, al lado de la factura, y no dijo nada durante un rato largo.

—Somos quien viene después.

—Somos quien viene después sesenta y cinco años tarde.

—Amaia, yo no puedo escribir «apareció la firma» en un informe de estado. No soy nadie para atribuir un cuadro del XVII.

—Ni yo. Y no lo vamos a hacer. En el informe va lo que hemos medido y lo que hemos encontrado: alto real noventa y seis con cuatro, discrepancia documentada con la ficha de 1953, causa acreditada por la factura de Aniceto Roldán del 20 de junio de 1961, y una tira de tela original con firma fragmentaria y fecha, conservada en el expediente por Práxedes Nieto. Quien tenga que decir el nombre que lo diga, con laboratorio y con archivo. Nosotros ponemos el hecho.

—Eso sí lo puedo firmar.

—Eso es lo único que podemos firmar.

Tomás se sentó en el taburete y miró la tira, que seguía extendida sobre el secante.

—¿Sabes qué es lo que más rabia me da? Que Nieto lo dejó escrito. Lo dejó escrito y ordenado, en su caja, en su año. Estaba a dos metros de mi mesa desde que entré a trabajar aquí.

—A dos metros de la mía también, si te sirve de consuelo.

—No me sirve.

—Ya.

—Once años llevando este registro y lo que más me va a durar es haber abierto un sobre en el sótano de mi propio archivo.

—Pues ponlo en la nota.

—En una nota de discrepancia eso no se puede poner.

—Ya lo sé.

Tomás se levantó y recogió la carpeta.

—Voy a redactar la nota de discrepancia, con la factura escaneada y la nota de Nieto. Y luego llamo a la aseguradora, que va a estar encantada a las siete de la mañana.

—¿Y el camión? —dijo Amaia.

—El camión —dijo Tomás—, no sé. Depende de lo que tarde la aseguradora en volver a valorar una pieza que ha cambiado de medida y a lo mejor de autor en la misma madrugada.

—Yo firmo a las siete —dijo Amaia—. Con la tira dentro, en su sobre, y con el nombre de Nieto en el informe. Si la aseguradora no llega a tiempo, el camión saldrá el lunes; el cuadro va a seguir midiendo noventa y seis con cuatro de todas formas.