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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Tu ojo nota un fotón: 30.767 pruebas lo confirman

30.767 ensayos hicieron falta para medir si el ojo humano puede detectar un fotón. Y un fotón es la menor cantidad de luz que el universo reparte: por debajo de eso no hay nada. En julio de 2016, tres voluntarios superaron por poco el azar y demostraron que ese mínimo podía alcanzar su conciencia: acertaron el 51,6 % de las veces. El equipo dirigido por Alipasha Vaziri, físico al frente del laboratorio, lo dio por demostrado: un solo fotón puede ser notado.

El experimento se repartió entre los laboratorios de la Universidad Rockefeller, en Nueva York, y el instituto IMP de Viena. Su diseño exigía una paciencia poco vistosa. Cada voluntario permanecía unos cuarenta minutos adaptándose a la oscuridad total antes de empezar. Después entraba en una cabina oscura y colocaba el ojo ante una fuente cuántica preparada para entregar los fotones de uno en uno.

La espera a oscuras tenía su porqué químico. Durante esos cuarenta minutos, los bastones de la retina recargan su pigmento —la rodopsina— y multiplican por miles la sensibilidad del ojo. Sus vecinos los conos, que de día se encargan del color, quedan fuera de la partida desde el principio: para un cono, un fotón suelto no es nada. Todo el experimento descansa sobre los bastones, las células del turno de noche.

Cada ensayo contenía dos intervalos marcados por sonidos. En uno de ellos llegaba al ojo el estímulo de un solo fotón. El voluntario tenía que elegir en cuál creía haber percibido luz y después indicar cuánta seguridad tenía en su respuesta. No podía decir que no había visto nada ni saltarse la prueba: debía escoger una de las dos alternativas. Al obligar a elegir siempre entre dos, el formato separaba una percepción débil, la que sea, de una simple declaración subjetiva.

La palabra decisiva del montaje era la fuente. No basta con atenuar una lámpara: la luz débil corriente llega a ráfagas que no se pueden gobernar, a veces dos fotones seguidos, a veces ninguno, y con eso no se demuestra nada. El equipo recurrió a un truco de óptica cuántica: un cristal especial que, al recibir un fotón, lo parte en una pareja de gemelos. Uno de los dos vuela hacia un detector, que anuncia su llegada; el otro sale disparado hacia la pupila del voluntario. Cuando el detector canta, el laboratorio sabe que en ese momento viajaba hacia el ojo un fotón, y solo uno.

El porcentaje final parece decepcionante durante unos segundos, y conviene mirarlo despacio. Una moneda daría, por término medio, un 50 % de aciertos. Los voluntarios consiguieron un 51,6 %. La diferencia es de apenas 1,6 puntos, demasiado pequeña para que una persona note su propio rendimiento durante la sesión. Sin embargo, al repetir la prueba 30.767 veces, ese margen deja una huella estadística que no encaja con una sucesión de respuestas lanzadas al azar.

La honestidad del resultado está en ese margen diminuto. Nadie salió de la cabina diciendo que hubiera visto destellos claros: las decisiones se tomaban a tientas, una tras otra, muchas con la sensación de estar adivinando. Y aun así, acumuladas decenas de miles de elecciones, las respuestas correctas aparecían con una frecuencia mayor que la esperable por suerte. Algo procedente de aquel único fotón estaba interviniendo en la decisión consciente.

Había además una segunda señal. Cuando los voluntarios acertaban, tendían a declarar más seguridad que cuando fallaban. Esa relación entre acierto y confianza importa porque el porcentaje podría haber subido por una fluctuación sin que quienes respondían distinguieran unas pruebas de otras. No ocurrió eso: las decisiones correctas venían acompañadas, en conjunto, por una sensación ligeramente más firme de haber percibido el destello. Esa es la firma de una percepción auténtica, por débil que sea: la seguridad crecía cuando de verdad había entrado algo por la pupila, no cuando el voluntario tenía ganas de acertar.

El hallazgo cerraba una pregunta que llevaba décadas reduciéndose. En 1942, el fisiólogo de la visión Selig Hecht acorraló el umbral humano en su laboratorio de Columbia a base de destellos cada vez más débiles, y su equipo calculó que bastaban entre cinco y siete fotones absorbidos para provocar una experiencia visual. Aquellas pruebas habían acercado la percepción a un puñado de fotones, pero no podían aislar con certeza el efecto de uno solo.

La siguiente pieza llegó en 1979, cuando el fisiólogo Denis Baylor aisló un solo bastón y registró su respuesta eléctrica ante un único fotón: la célula, por sí sola, reaccionaba a la cantidad mínima de luz. Aún faltaba atravesar el resto del recorrido, porque una corriente diminuta en una célula no demostraba que el cerebro humano llegara a enterarse.

El trabajo de 2016 conectó esos dos extremos: la fuente entregaba el fotón suelto y el voluntario respondía desde la conciencia. No hacía falta describir una forma, un color ni una dirección; bastaba con localizar el intervalo correcto más veces de las que explica el azar.

El estudio salió en Nature Communications y, como récord, pertenece a una familia rara. Los récords de la vista suelen medir quién lee la letra más pequeña de la tabla o distingue un faro más lejos en la costa. Este medía el suelo del edificio: el punto por debajo del cual la física ya no tiene nada que repartir.

La escala cotidiana deja claro de qué tamaño es la apuesta. Una vela corriente emite del orden de 10^17 fotones por segundo: un uno seguido de diecisiete ceros, cien mil billones de fotones cada segundo. Frente al ojo que lee esta pantalla pasan ahora mismo ráfagas parecidas. El experimento apartó toda esa abundancia, guardó la vela, cerró la sala y preguntó si una sola de esas motas, separada del enjambre y dirigida a la pupila, dejaba huella en una persona.

La dejó. Y con eso el ojo humano quedó inscrito en el borde físico absoluto de la luz, compitiendo con los mejores detectores que la ingeniería sabe construir: puede notar un fotón, y ningún aparato del mundo podrá presumir nunca de notar menos, porque menos de un fotón no existe.