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Microrrelato · Del catálogo de Margen

Idioma

Mi abuela y yo no hablábamos el mismo idioma. Ella llegó de lejos ya mayor, y las pocas palabras que compartíamos se nos gastaban enseguida, como monedas pequeñas.

Así que inventamos otra cosa. Ella me enseñaba a amasar; yo le enseñaba las canciones de la radio moviendo los labios muy despacio para que me copiara. Nos entendíamos por las manos, por la harina, por cómo me apartaba el pelo de la cara antes de que yo notara que me molestaba.

El último invierno apenas hablaba ya en ninguna lengua. Me sentaba con ella y le sostenía la mano sobre la mesa, sin decir nada, porque nunca habíamos necesitado decir nada.

Un día apretó tres veces, muy flojo. No sé qué significaba. Pero yo también apreté tres veces, y por su cara supe que le había contestado bien.