Tardé cuatro años en atreverme a dar su ropa. La saqué del armario una mañana de esas en que la casa está demasiado ordenada, y la fui doblando en cajas sin mirarla mucho.
En el bolsillo del abrigo gris encontré una lista de la compra con su letra: pan, bombillas, algo para la tos.
Me quedé mucho rato con aquel papel en la mano. No era una carta, ni una foto, ni ninguna de las cosas que uno guarda a propósito. Era solo un martes cualquiera que ella pensaba vivir. Un plan pequeño para un día que dio por hecho.
Devolví la lista al bolsillo, colgué el abrigo otra vez en el armario, y cerré las cajas con todo lo demás. Todavía le compro el pan que le gustaba. A veces, al pasar por el pasillo de las bombillas, me acuerdo de que quedó una por cambiar.