Mi padre se quedó ciego el año que yo aprendí a leer. Así que aprendimos juntos: yo, las letras; él, otra forma de tocarlas.
Cada noche me sentaba a su lado y le leía en voz alta, mientras sus dedos recorrían la misma página que los míos, un renglón por detrás, como quien sigue a alguien sin querer alcanzarlo.
Murió en primavera. Encontré, en su mesilla, un libro que yo no le había leído nunca. Lo abrí buscando un mensaje, una despedida, algo.
No había nada escrito. Solo la huella suave de sus dedos gastando el papel, hoja tras hoja, hasta el final. Había querido leerlo él solo, en la oscuridad, sin molestarme. Pasé la mano por encima, despacio, y por primera vez entendí lo que había estado leyendo todos aquellos años: no las palabras, sino el calor de tenerme cerca.