
AGOSTO DE 1988
Mehran Karimi Nasseri, viajero iraní sin documentos válidos, llegó al aeropuerto Charles de Gaulle, en París. Bélgica le había reconocido años antes la condición de refugiado; el expediente con el que lo demostraba desapareció en el camino, y su versión fue siempre la misma: se lo robaron en una estación de París cuando iba hacia Inglaterra. El Reino Unido no lo dejó entrar y lo devolvió al aeropuerto del que había salido. No podía entrar en Francia y no había país que lo readmitiera. Terminó en la terminal 1, un edificio circular de hormigón con pasarelas cruzándole el hueco central, y se instaló en un banco rojo de la zona de embarque, en el nivel inferior, junto a un bar llamado Paris Bye Bye.
Una terminal está construida para que cualquiera pase por ella. Los carteles empujan hacia puertas, cintas de equipaje, taxis y aviones. Nasseri convirtió ese movimiento en domicilio: colocó cerca sus maletas, guardó sus papeles y organizó los días alrededor de los servicios del aeropuerto. No existía una orden que dijera «viva usted aquí». Existía una sucesión de impedimentos legales que no producía una salida utilizable.
OTOÑO DE 1988
El hombre del banco adoptó una presentación propia: Sir Alfred Mehran, el nombre británico que reclamaba. Con el tiempo, parte del personal también lo llamó Alfred.
Su vida cabía a la vista de todos. Dormía en el asiento, se aseaba en los baños del nivel inferior y guardaba el equipaje alrededor, en cajas y bolsas que fue apilando contra el respaldo. Desayunaba en el McDonald's de la terminal, muchas veces con vales que le daban los empleados, y pasaba el día leyendo los periódicos que le dejaban y escribiendo cuadernos que fue amontonando junto al banco. El equipaje no viajaba y los cuadernos crecían.
La pregunta empezó siendo jurídica: qué país debía aceptarlo y con qué documentos. Nasseri podía caminar por las zonas accesibles de la terminal. Lo que no tenía era una identidad documental que abriera una puerta sin cerrar otra.
1992
Cuatro años después de llegar, el caso entró por fin en un juzgado. Un tribunal francés determinó que Nasseri había entrado legalmente en Francia y que no podía ser expulsado. La sentencia eliminaba la posibilidad de echarlo del país, pero no le entregaba los documentos necesarios para cruzar la frontera e instalarse legalmente fuera del aeropuerto. Había ganado un caso sin conseguir una puerta.
Christian Bourguet, abogado francés de derechos humanos, llevó su defensa durante años y sin cobrar. Su pelea no era contra un carcelero sino contra un bucle: para que otro país lo aceptara hacía falta el expediente de refugiado que Bélgica le había reconocido, y para recuperar ese expediente había que presentarse en Bélgica, cosa que no podía hacer sin documentos de viaje. El problema no era una barrera física: ningún guardia lo mantenía encadenado al banco rojo. Salir hacia Francia sin papeles podía devolverlo al conflicto administrativo, e intentar otro destino exigía documentos de viaje.
1995
Bélgica, donde años antes se le había reconocido la condición de refugiado, le ofreció una vía: viajar allí bajo la tutela de un trabajador social y rehacer el expediente desde su territorio. Nasseri dijo que no. Era la primera salida practicable que le ponían delante y fue también la primera que rechazó.
Para quien lo veía desde una cola de facturación, Sir Alfred podía parecer un pasajero que llevaba demasiado tiempo esperando. Para el personal era ya una presencia reconocible: un hombre que estaba allí al empezar un turno y continuaba allí al acabarlo. Su calendario no se medía por salidas previstas, sino por expedientes, visitas y periódicos.
También firmaba autógrafos. Era una celebridad improbable: no había cruzado un océano en solitario ni batido una marca, sino permanecido entre bancos, maletas y paneles de vuelos. Los viajeros podían conocerlo, pedirle una firma y marcharse a otra ciudad tres horas más tarde. Él volvía a sus cuadernos. Philippe Bargain, jefe del servicio médico del aeropuerto, lo atendía cuando hacía falta, y esa red informal —comida, periódicos, conversación, una revisión— hacía habitable la terminal sin convertirla en una vivienda.
1999
Francia le concedió por fin la documentación que le faltaba: papeles de refugiado y un permiso de residencia que le permitían entrar, vivir y moverse legalmente fuera de la terminal. Después de once años, la salida estaba encima de la mesa en forma de folio y bolígrafo.
Nasseri se negó a firmarlos.
No fue un gesto de un día. Se los llevaron, se los volvieron a llevar y cada vez pidió lo mismo: que el papel dijera Sir Alfred Mehran y que dijera británico. Mientras tanto, el permiso de residencia estaba concedido, con fecha y sello, y él seguía durmiendo a unos pasos de la puerta por la que podía salir a usarlo.
Los documentos llevaban su nombre real, Mehran Karimi Nasseri, y lo identificaban como iraní. Él insistía en llamarse Sir Alfred Mehran y en ser británico. Firmar resolvía el caso administrativo, pero exigía aceptar una identidad que no reconocía como propia.
Bourguet, que había conseguido acercar la solución, no podía firmar por él. Las autoridades podían ofrecer un permiso; no podían obligarlo a aceptar el nombre escrito. Durante los once primeros años le faltaron documentos válidos. A partir de 1999, lo que lo retuvo fue su rechazo a esos documentos.
2004
DreamWorks pagó por los derechos de su historia para La terminal, película estrenada aquel año. Steven Spielberg convirtió la premisa en una ficción protagonizada por un viajero atrapado en un aeropuerto de Nueva York. La película no reproducía la vida de Nasseri, pero amplificó la fama del hombre real: se podía ver la versión de Hollywood un sábado, volar a París el lunes y encontrarse al original sentado bajo los fluorescentes de la terminal 1.
Aquel mismo año salió también su propio libro. The Terminal Man, escrito con el británico Andrew Donkin a partir de sus cuadernos, contaba su versión: el viaje, los papeles perdidos, la devolución desde Inglaterra y los años del banco rojo. Cuatro años antes, un documental lo había filmado allí mismo, rodeado de bolsas y de gente que pasaba sin mirarlo.
El dinero cambió sus recursos y no su rutina. Siguió leyendo, escribiendo y recibiendo curiosos junto al mismo banco.
JULIO DE 2006
Una ambulancia sacó a Nasseri de la terminal 1 por un problema de salud. Habían transcurrido casi dieciocho años desde su llegada. Esta vez no cruzó la salida como viajero ni con una maleta rumbo a un hotel: lo hizo como paciente.
Lo ingresaron, lo operaron y, cuando le dieron el alta, un trabajador social se ocupó de buscarle sitio. No volvió a vivir allí. El episodio médico terminó lo que los tribunales, los permisos y el dinero no habían conseguido cerrar.
2007-2021
Desde marzo de 2007, Nasseri vivió en un albergue de Emaús en París. La ciudad que durante tanto tiempo había estado al otro lado de su problema legal se convirtió en el lugar donde dormía. Su historia, en cambio, seguía pegada a la terminal 1 y al banco rojo.
Los relatos sobre él comprimían dieciocho años en una frase: un hombre quedó atrapado en un aeropuerto. La frase atrae la mirada y borra el cambio de 1999.
NOVIEMBRE DE 2022
Nasseri regresó al aeropuerto semanas antes de morir. No ocupó su antiguo banco: se instaló en la terminal 2F, con sus pertenencias. El 12 de noviembre de 2022 murió allí, en Charles de Gaulle, de un infarto, con las bolsas al lado y varios miles de euros encima. Había salido en 2006, vivido fuera y vuelto, así que su muerte no prolongaba la residencia de dieciocho años; sí cerraba la historia en el mismo edificio donde había empezado.
Philippe Bargain, el médico que lo atendió durante años, ya lo había explicado en 1999, cuando Nasseri dejó los papeles sin firmar: «Fue su elección. Los servicios sociales franceses se habrían ocupado de él, pero se negó».